* Los autores forman parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
Con el Jueves Lardero (Dijous Gras) a la vuelta de la esquina y el Miércoles de Ceniza (Dimecres de cendra) esperando en el más allá, se da paso a unos días desenfrenados donde da la sensación de que no existe la lógica entre lo real y lo irreal.
Ante este contexto, cada pueblo, cada región o comarca, celebra estos días según sean sus costumbres y tradiciones, marcadas siempre por un espíritu de jolgorio contagioso. En el Garraf marcan la diferencia dos pueblos. Vilanova i la Geltrú y Sitges. Los dos se disputan la paternidad de un plato muy típico de estos días, “el xató”, cuando irrumpe en nuestros costumbres el Jueves Lardero y nos acompaña toda la Cuaresma.
¿Quién invento el 'xató'?
Como he dicho, estas dos poblaciones costeras se disputan el honor de ser la cuna del “xató”. Mucho se ha debatido al respecto para llegar siempre a la misma conclusión: que la cuna de este plato es, indiscutiblemente, el lugar donde nació aquel que lo defiende. Pero si lo analizamos sin apasionamientos, con la mirada más larga, quizás podamos llegar a la conclusión que el plato en cuestión es típico del recetario de los pescadores de la zona.
Plato de xató.
Por la simplicidad de los ingredientes y donde el secreto del éxito recae en la salsa: una simple picada de almendras, aceite i pimentón colorado. A partir de aquí cada maestrillo añade a la salsa su sabiduría culinaria, que no es otra que poner en practica las enseñanzas heredadas de la propia familia.
Podría seguir refiriéndome a este tema con todas las variaciones posibles; sin embargo, dejaría de lado al verdadero protagonista de los días que se avecinan: el Carnaval.
La fiesta de Carnaval
Durante la dictadura, la fiesta pasó por sus peores momentos, puesto que estaba prácticamente prohibido salir a la calle disfrazado y, sobre todo, con la cara tapada. No obstante, los pueblos a los que me refiero consiguieron cierta permisividad. En gran parte se debió a sus alcaldes, quienes asumían toda la responsabilidad de lo que pudiera pasar, tal como se lo manifestaban al Gobernador Civil de turno.
Empezaban por disfrazar el propio anuncio, sustituyendo la palabra “Carnaval” por “Fiestas de Invierno”. Gracias a este eufemismo y a que la autoridad competente hacía la vista gorda, en estos pueblos el Carnaval nunca dejó de celebrarse. Para un servidor, aquel era el Carnaval genuino, burlesco, donde la sátira se elevaba a cátedra: sin organización alguna, la gente se disfrazaba a su aire y salía a rondar por las calles sin un recorrido establecido, destacando la originalidad de unos participantes que satirizaban a los personajes más diversos de la sociedad.
A pesar de la prohibición de taparse la cara, “la caruta”, como decimos los catalanes, era una pieza imprescindible del disfraz. Con ella se establecía un doble juego: completar el sentido de la vestimenta y poder acercarse a amigos y conocidos para lanzarles la pregunta de rigor mientras se desfiguraba la voz: “¿Qué me conoces?”.
Este hecho generaba dudas a la persona que iba dirigida la pregunta y una gran satisfacción para quien la formulaba, al ver que aquel no atinaba a adivinar su identidad.
La curiosidad es muy adictiva, como se demostraba en esta escena: cuanto más se esforzaba alguien en resolver el enigma, más se alejaba de la solución. No era hasta pasados unos días cuando la persona disfrazada se reencontraba con tal persona y le revelaba los detalles de la situación vivida, para perplejidad de quien tantas vueltas le había dado a la cabeza para dar con su identidad.
Botifarra de Dijous Gras en el almendro en flor en los alrededores de Ullastrell.
Vilanova i la Geltrú y Sitges han hecho de su Carnaval un estandarte de popularidad; “Les Comparses” son el plato fuerte de Vilanova y las “Rues de la Disbauxa i de l’Extermini'” las de Sitges. A todas estas se suman muchas otras actividades programadas para la celebración.
Vilanova i la Geltrú y Sitges han hecho de su Carnaval un estandarte de popularidad
Todo ello sin desmerecer los bailes que se celebraban en las sociedades de ambas poblaciones. No quiero decir con esto que no sigan celebrándose bailes hoy en día, pero eran mucho más lucidos en aquella época, sobre todo porque a la gente le gustaba mucho bailar. Estas fiestas eran el motivo ideal para hacerlo y, además, contaban con la participación de las mejores orquestas de aquellos años.
También la picaresca se asociaba con en el hambre. Recordemos que, acabada la Guerra Civil, había quedado mucha hambre atrasada y, teniendo en cuenta que a la mitad de estos bailes existía la costumbre de hacer el resopón, algunos aprovechaban, además de para divertirse, para “sacar el vientre de pena”.
Había hombres y mujeres que en la vida cotidiana no eran muy agraciados, pero disponían del arte y el ingenio de vestirse de mujer despampanante. Tanto era así, que los hombres perdían la cabeza por ellas, las sacaban a bailar e imagínense lo que les dirían al oído. Al llegar el momento del resopón, ellos las invitaban y ellas hacían un papel excelente ante un plato de sepia estofada o fricandó... Para algunos, aquí terminaba todo. La mujer “descomunal”, satisfecha tras la comida, se excusaba ante el galán para ir a los servicios y, si te he visto, no me acuerdo...
Máscaras de carnaval en el almendro florido.
La mujer “descomunal”, satisfecha tras la comida, se excusaba ante el galán para ir a los servicios y, si te he visto, no me acuerdo...
El Carnaval era una mezcla de todo, bajo una permisividad que llegaba incluso al ámbito conyugal. Se cuenta que una vez un marido quiso asistir al baile, pero su esposa le mostró pocas ganas de acompañarle.
Sin embargo, le dio permiso para que asistiera solo. “¿Qué me dices?”, pensó él, y se presentó en el baile. Tras dar varias vueltas, coincidió con una máscara a la que invitó a bailar. Ella aceptó y pasaron buena parte de la noche juntos, con él cortejándola sin descanso.
Cuando ella le comunicó que debía marcharse, él, muy galán, le pidió volver a verse. Incluso le entregó su reloj como prenda para garantizar el encuentro. Se despidieron y el hombre aún aprovechó sus últimos momentos de libertad, consentida, antes de dar por terminado su periplo carnavalesco.
Al llegar a casa, encuentra a su esposa en la cama, aparentemente dormida. Él, con mucho sigilo, enciende la lámpara de la mesita de noche y... ¡oh, sorpresa!, encima está su reloj.
Dicen que por Carnaval todo está permitido, excepto hurgar en el amor propio de la persona más cercana, ya sea la esposa, una amiga o un amigo. Al del reloj, de buen seguro, le costaría digerir las horas siguientes al hallazgo.
Botifarra de Dijous Gras en el almendro florido.
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