Omar Linares, intelectual: “El crecimiento personal no puede ser una lista de tareas”
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El especialista propone, mediante su asesoría virtual, una vía para comprender la inquietud actual y recuperar la calma utilizando el análisis filosófico.

Omar Linares se desempeña como consultor filosófico y ha ofrecido asistencia a numerosas personas que provienen de distintos lugares del mundo.
Quizás resulte curioso, aunque aumenta el número de individuos que han sustituido la expresión “voy al psicólogo” por “voy al filósofo”. Omar Linares, quien posee un doctorado en filosofía de la Universidad de Granada, brinda apoyo a quienes acuden a él empleando el pensamiento filosófico. Mediante su asesoría por internet Thelos ha logrado asistir a numerosas personas de diversas partes del planeta. El reciente miércoles 14 de enero se publicó en tiendas su obra La consulta del filósofo, la cual aborda su vínculo íntimo con la filosofía y la manera de transformar nuestra existencia en un trayecto que nos ayude a estar tranquilos y superar crisis existenciales.
Atravesamos un periodo en el cual la pugna se centra en el interés, más que en la fuerza del razonamiento (...) Aún queda fe en la reflexión, resulta necesario dar ese combate

En una sociedad saturada de psicólogos, coaches y literatura de autoayuda, ¿qué razones existen para acudir a un filósofo?
Es una cuestión de perspectiva. Opino que cada momento tiene su lugar y que se pueden precisar métodos distintos según la fase vital que se esté atravesando. Por ejemplo, un sujeto que ha sufrido la pérdida de un allegado puede buscar a un experto que le ayude a comprender las etapas del duelo y a procesarlo. En ese campo, la psicología posee profesionales excelentes. No obstante, si esa vivencia le empuja a meditar sobre su propia finitud, el sentido de la muerte para él y cómo continuar viviendo a pesar de todo, entramos en una dimensión existencial que puede exigir un apoyo filosófico.
La velocidad de la rutina cotidiana frecuentemente nos obliga a postergar los espacios de meditación, ¿significa esto que razonamos con menor frecuencia o que realmente hemos dejado de hacerlo?
Me gustaría creer que todavía razonamos. Sin embargo, es innegable que atravesamos una era donde la disputa se centra en el enfoque, más que en la lógica. Nunca antes habíamos enfrentado tales dificultades para mantenernos conscientes y meditar sobre nuestras vivencias, pues jamás tuvimos distracciones tan potentes que nos apartan de la realidad, como el smartphone, el scroll infinito y lo que los sistemas digitales logran provocarnos. Aún queda optimismo para la reflexión, pero demanda vencer primero en esa contienda. De no transformar nuestras rutinas y modo de vivir, la inquietud seguirá aumentando y el intelecto continuará retirándose.
En tu obra comentas las clasificaciones que frecuentemente convierten en patología el sentimiento de pena o el aislamiento. ¿De qué manera aborda la filosofía estas denominaciones ocasionalmente erróneas?
Hay disciplinas como la filosofía de la psicología o la filosofía de la psiquiatría que mantienen un diálogo con estas áreas sobre la esencia de las afecciones. No obstante, mi labor no se fundamenta en impugnar el diagnóstico psicológico o psiquiátrico, sino en validar lo compleja que resulta la vivencia del individuo que me visita. No me veo capacitado para dictaminar si alguien sufre un trastorno, pero percibo una predisposición a etiquetar clínicamente cualquier desasosiego. Esto puede llegar a suprimir la lección que dicho malestar podría proporcionarnos.
Me gustaría creer que mi propuesta constituye una genuina autoayuda: proporcionar recursos para razonar, asimilar y amoldarnos a la realidad.
Debido a que estas sensaciones de melancolía y aislamiento suelen derivar de reflexiones sobre el porvenir, y aquello puede afectar el modo en que nos encontramos hoy...
En gran medida. La reflexión actual se proyecta hacia lo que vendrá y crea inclinaciones, tanto en el comportamiento como en la interpretación. Cuando alguien observa únicamente los aspectos sombríos del entorno desde la melancolía, terminará enfocándose solo en ello y asumirá que esa es la totalidad. La intención no es obligar a la mente a ver solo lo agradable, sino ampliar la perspectiva para permitir mayor claridad y así ajustarnos de forma óptima a nuestra circunstancia actual.
¿De qué manera se comienza a interactuar con una persona que jamás ha tenido un acercamiento a la filosofía?
En mis citas no explico historia de la filosofía ni menciono en demasía a filósofos. Me baso en la perspectiva propia del usuario y su modo de entender el mundo. Generalmente, el encuentro inicial sirve de recepción. Requiero una síntesis de su etapa actual para planear cómo será su evolución. Busco observar la trayectoria hasta el presente, identificando dónde aparece la aflicción y qué razonamientos, principios o sentimientos la nutren. Desde ese punto, atiendo para descifrar por qué brota esa inquietud y colaboramos para que el individuo logre interpretar su contexto mediante su propio enfoque.
Dices que cada persona tiene su filosofía, ¿Cómo da uno con la suya?
Cada individuo posee una visión propia del mundo, una interpretación sobre nuestra identidad y el sentido de la existencia. Ese conjunto de ideas constituye el pensamiento particular. Si esta perspectiva íntima armoniza adecuadamente con el entorno, todo fluye con normalidad. No obstante, si surgen conflictos, ya sean de carácter psicológico o afectivo, surge la incomodidad. Es en ese punto donde resulta posible intervenir. No se trata de aguantar situaciones inaceptables, sino de lograr entender, asimilar y determinar qué acciones tomar frente a ello.
A menudo esa filosofía personal choca con la autoayuda positivista.
Efectivamente, y me agrada considerar que mi planteamiento constituye un apoyo personal genuino. En mis sesiones proporciono recursos para reflexionar, entender y ajustarnos al entorno que nos rodea. El crecimiento personal actual, por lo que sé, acostumbra brindar salidas triviales o simples, optando por una perspectiva vital placentera sin profundizar en ella.
Las personas no persiguen la euforia ni una alegría excesiva, sino la calma necesaria para convivir con la existencia, comprender su propia identidad y vivir de forma consecuente.
¿La autoayuda puede ser el detonante crisis existenciales?
Ciertamente, he atendido casos similares. Personas que, al consumir autoayuda, forjan una percepción falseada de lo real. En el momento en que dicha visión se desmorona, emerge un impedimento que no proviene de la vida misma, sino que se ha gestado por culpa de esas realidades transformadas.
¿Cómo se identifica una crisis existencial?
Cuando nuestra percepción del mundo se desmorona, nos encontramos atravesando una crisis de existencia. Esta situación puede originarse tras un duelo, un tropiezo personal o una etapa de introspección que plantea interrogantes inéditos para los cuales carecemos de respuestas. En ese punto, pensamos haber hallado certezas desoladoras, aunque verdaderamente nos hallamos en un cambio hacia una perspectiva vital distinta. La incomodidad que generan esos hallazgos sombríos es precisamente lo que nos otorga los medios para progresar. Es en ese instante cuando una persona decide adentrarse en una consulta filosófica.
¿Qué cambios puede esperar alguien que haya completado el proceso?
Una superior transparencia interna y, por encima de todo, paz. Los individuos no pretenden alcanzar el delirio o una dicha desmedida, sino quietud para habitar la existencia, notar lo que sucede, comprender su identidad y comportarse con honestidad.
La presión por ser feliz, ¿puede convertirse en una condena?
Efectivamente. Es posible terminar en la autoexplotación. Transformar el desarrollo propio no debe consistir en un inventario de obligaciones. Si medito, redacto o leo exclusivamente para tachar lo que me han sugerido, cualquier esfuerzo será escaso. El avance genuino radica en permanecer atento a las labores ejecutadas y entender la experiencia que estas pueden proporcionar.
Pero la filosofía aún está lejos de la sociedad…
Considero que se está aproximando. Por centurias se distanció de la existencia diaria y constantemente ha existido la inclinación a pensar que pertenecía a oficinas y “barbas blancas” —aludiendo a la norma de que la filosofía únicamente concierne a personas sabias y de barbas canas—, no obstante, en los decenios recientes la filosofía aplicada y la difusión han retornado esta disciplina a la reflexión actual de la comunidad. Mediante esta obra intento aproximar la filosofía todavía más, ya que resulta algo imprescindible.
¿A qué público buscas con tu libro?
Sostenía Nietzsche que el volumen de Zaratustra era una obra para todos y para nadie, pero yo afirmo que este texto es para todo el mundo, y ya está. Tales temas se encuentran en el cimiento de cualquier trayectoria vital. De hecho, en mi despacho recibo a pacientes de 20 y también de 70 años. No tengo claro dónde tendrá mayor repercusión, pero este libro se diseñó para terminar en poder de quien realmente lo precise.


