Rock & arte y estética, moda y tendencias (Ma non troppo) no es un mero repaso cronológico: es un manifiesto visual que desentraña cómo la música rock y sus derivados han moldeado la identidad juvenil a través del estilo, desde los años 50 hasta la era digital. Lorena Montón y Erik Oz, con edición a todo color repleta de imágenes icónicas, conectan historia, sociología y estética para mostrar que cada riff vino con un atuendo disruptivo. “La música se escucha, pero también se viste”, sentencia Montón en Claves del día, resumiendo el núcleo del libro que viaja de tupés rockabilly a filtros K-pop.
El arranque en los 50 es revelador: la posguerra estadounidense crea la adolescencia como tribu con poder adquisitivo y ocio, detonando la primera explosión estilística. “Es el momento en el que nace la adolescencia como grupo social una nueva necesidad de expresarse a través de la música y también de la ropa”, explica Montón. El libro detalla cómo Elvis con su tupé y chaqueta vaquera, o pioneros como Bill Haley, convirtieron el espejo en escenario de rebeldía contra la rigidez adulta.
La música se escucha, pero también se viste”
No solo ropa: peinados, maquillaje y accesorios articulan manifiestos. Crestas punk, casquetes beatles, afros disco o melenas grunge claman identidad. “A través de los peinados, tanto chicos como chicas tenían un discurso, se expresaban y manifestaban aquello de lo que se querían quejar o ser disruptivos”, apasiona Montón, que con Oz ilustra cómo zapatos de plataforma o botas moteras elevaron la moda callejera a símbolo generacional, mucho antes de las tribus urbanas ochenteras como New Romantics.
El capítulo Motown es un bombazo: Berry Gordy “blanquea” estrellas afro para audiencias blancas, imponiendo pelucas lisas y siluetas rectas. The Supremes, Jackson 5 o Diana Ross triunfan así, pero a costa de diluir raíces. “Una Beyoncé en aquella época no habría podido ser parte de Motown porque se habría considerado demasiado sexual”, desvela Montón, mostrando cómo la moda fue herramienta de visibilidad negra, pero también de asimilación cultural en los 60.
La disco post-Vietnam clama vida en medio del caos: gays y marginales brillan en lentejuelas y plataformas en fiestas clandestinas. “Empezaron a juntarse, a crear estas fiestas clandestinas y poco a poco a celebrar la vida con ropa tan llamativa, de brillantes, de colores”, relata Montón, enlazando con la Movida española o el punk británico, donde imperdibles y cuero rasgado gritaron contra Thatcher o Franco.
Una Beyoncé en aquella época no habría podido ser parte de Motown porque se habría considerado demasiado sexual”
El libro avanza por grunge (camisetas rotas como rechazo yuppie), rap (streetwear como himno urbano), pop electrónico (neón cibernético) y K-pop (fandoms coreografiados), desde clubs londinenses a TikTok. Montón, divulgadora en RTVE y Guyana Guardian, y Oz, experto en branding musical, fusionan análisis ágil con fotos vibrantes: la calle conquista pasarelas, listas y cultura pop.
“Me quedo con los zapatos de plataforma, tienes que tener un máster para eso”, cierra Montón con humor. Un ensayo imprescindible que late al ritmo de revoluciones olvidadas: el rock no solo sonó, se vistió para cambiar el mundo, demostrando que el estilo juvenil es el pulso invisible de la historia.