“Han normalizado la violencia en sus parejas, antes se legitimaba el control del hombre”: por qué muchas mujeres séniors viven maltratadas durante décadas
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Tras décadas de silencio y maltrato normalizado, muchas mujeres mayores siguen siendo víctimas invisibles de la violencia de género por miedo o falta de recursos e de información

El 40% de las mujeres mayores de 65 años víctimas de violencia de género la sufrieron durante más de 40 años, según estudio.

Muchas mujeres aguantan en silencio durante años. Cuando logran salir, algunas ya superan los 60. En lo que va de 2025, 47 mujeres han sido asesinadas en España por sus parejas o exparejas, según la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género. Entre ellas, varias eran mujeres mayores. No son casos aislados ni excepciones: son el final de trayectorias larguísimas de maltrato, normalizadas durante años e incluso décadas.
Los datos lo confirman: el 40% de las mujeres mayores de 65 años víctimas de violencia de género la sufrieron durante más de 40 años, y otro 27% entre 20 y 30, según reveló el último estudio de violencia contra la mujer llevada a cabo por el Ministerio de Igualdad en 2019. Sin embargo, estas mujeres denuncian menos, piden menos ayuda y recurren en menor medida a recursos sanitarios, sociales o jurídicos. Solo una de cada tres ha acudido alguna vez a un servicio de apoyo. No porque sufran menos violencia, sino porque la suya ha sido históricamente invisible.
Explica Mónica Ramos Toro, antropóloga feminista especializada en envejecimiento y género, que no fue hasta 2015 cuando la investigación sobre violencia de género en mujeres mayores empezó a desarrollarse de manera significativa. Este avance se debió principalmente a los relatos de las propias supervivientes, que revelaron cómo muchas de ellas habían interiorizado y normalizado la violencia en sus relaciones de pareja a lo largo de su vida. “Muchas mujeres mayores han interiorizado y normalizado la violencia en sus relaciones de pareja, porque crecieron en un contexto que legitimaba la subordinación femenina y el control del hombre sobre ellas”, cuenta Ramos.
No es casual que, como apuntan los estudios y las expertas en género, en el caso de las mujeres mayores, la violencia psicológica y económica son los tipos de violencia más prevalentes debido a factores históricos y socioculturales. Así lo señala Yolanda García Vázquez, profesora de Trabajo Social en la Universidad de Vigo y coordinadora de Mujeres Vulnerables Lab: “La idea del ‘amor para toda la vida’ prometido ante el altar llevó a muchas mujeres que hoy tienen más de 60 años a asumir un rol dependiente de su marido y de cuidadora de su familia”. Es decir: obedecen a patrones culturales asociados al matrimonio católico y al patriarcado.
Muchas mujeres mayores han normalizado la violencia en sus relaciones de pareja, porque crecieron en un contexto que legitimaba el control del hombre sobre ellas
Que las mujeres mayores sigan estos patrones culturales del tardofranquismo significa que vivieron en un contexto en el que los roles estaban claramente definidos: el hombre trabajaba fuera de casa, mientras que la mujer se encargaba del hogar y del cuidado de la familia. Pero incluso aquellas que trabajaban fuera de casa se enfrentaban al control sobre sus ingresos y decisiones financieras, lo que limitaba enormemente su autonomía. Según la experta, esta dependencia económica mantenida en el tiempo genera al mismo tiempo una subordinación emocional y psicológica de la que es difícil salir. “Con la edad, muchas mujeres experimentan una erosión de la autoestima, y tienden a infravalorarse mucho”, añade.
Además, la violencia en mujeres mayores se complica por la dependencia física o cognitiva, ya sea de ellas o del agresor. Según Mónica Ramos, muchas mujeres se ven obligadas a cuidar de sus maridos maltratadores cuando estos entran en situación de dependencia, incluso aunque ya no estén con ellos, debido a un patrón de cuidado interiorizado durante toda su vida.
Este rol de cuidadoras dificulta que puedan alejarse de la violencia y, a menudo, carecen de apoyo familiar o recursos adecuados para delegar ese cuidado. Ocurre también que, cuando es la mujer la que se encuentra en una situación de dependencia, esta puede volverse peligrosa, pues, como explica la antropóloga, “son los hombres quienes no están preparados para cuidar y, en casos extremos, pueden surgir riesgos graves, como agresiones o, incluso, asesinatos”.
La importancia de ser vistas y escuchadas
“La mayoría de las mujeres mayores que llegan a la asociación comparten trayectorias muy largas de violencia, vividas durante años e incluso décadas, y tan normalizadas que muchas veces ni siquiera se nombraban como tal”, lamenta Chelo Alvarez Sanchis, psicoterapeuta y presidenta de la Asociación ALANNA, que desde 2002 trabaja para ayudar a las mujeres más vulnerables.
Cuenta que a sus servicios llegan mujeres mayores de 60 años, aunque habitualmente lo hacen tarde, a menudo derivadas por servicios sociales, sanitarios o por un cambio vital que actúa como detonante –una enfermedad, la jubilación, agravamiento de la violencia o por la intervención de terceros–. Lo mismo señala Ainhoa Calderón, psicóloga y una de las portavoces de la Asociación Alma, también dedicada a la lucha contra la violencia de género desde 2014. “Llegan pocas mujeres mayores de 60 años y no porque no vivan o hayan vivido una relación de violencia de género, sino porque no identifican lo que viven”, insiste.
La idea del ‘amor para toda la vida’ prometido llevó a muchas mujeres que hoy tienen más de 60 años a asumir un rol dependiente de su marido

Los abusos y maltratos sufridos por muchas mujeres mayores a lo largo de los años han sido soportados en silencio y, en muchos casos, normalizados o invisibilizados. Yolanda García Vázquez destaca que muchas de ellas no denuncian por vergüenza, miedo o desconocimiento de los recursos disponibles, por lo que es fundamental reconocer que se trata de una violencia a menudo oculta. Según la experta, la eficacia del trabajo social comunitario radica precisamente en crear espacios en los que estas mujeres puedan participar en actividades de ocio y tiempo libre, expresar libremente cómo se sienten, salir de sus hogares y vencer el aislamiento. “Solo así pueden ir ganando confianza y mejorar su autoestima”, manifiesta.
Un espacio seguro y confidencial, un lugar donde pueden hablar sin miedo y sin sentirse juzgadas. Esto es lo que encuentran las mujeres en una asociación como ALANNA o ALMA. El camino no es fácil porque, como explica Laura Salgado Álvarez, otra de las psicólogas del equipo de Alma, muchas mujeres mayores que han vivido una trayectoria de violencia de género experimentan un desánimo tan grande que es difícil levantarlas.
“Sienten que han desperdiciado su vida y temen las consecuencias de salir de la relación, no solo a nivel personal, sino también a nivel social, económico, familiar…”, menciona. Ante esto, tener referentes de otras mujeres que han logrado reconstruir su vida, incluso a edades avanzadas, puede ser muy útil, según la psicóloga.
En ambas asociaciones las mujeres encuentran un acompañamiento integral, que incluye: información de sus derechos, asesoramiento legal y apoyo psicológico tanto individual como grupal. “Acompañamos cada historia con mucha empatía, ofreciendo un espacio seguro donde las mujeres son escuchadas sin juicios y respetando sus ritmos”, dice Ainhoa Calderón. Para Álvarez Sanchis, la clave está en un primer contacto respetuoso, la continuidad del acompañamiento y el empoderamiento progresivo, sin presionar la denuncia, “permitiendo así que el silencio se rompa de manera natural a medida que recuperan autonomía y control sobre su vida”.
Llegan pocas mujeres mayores de 60 años, porque no identifican lo que viven
Por último, la profesora Yolanda García Vázquez, señala que atender la violencia de género en mujeres mayores requiere enfoques distintos a los usados con mujeres más jóvenes. “Es fundamental que los profesionales de salud, servicios sociales y justicia comprendan que estas mujeres temen perder a su familia y que sus redes son frágiles”, apunta. Para ello, considera que es clave la formación especializada en detección y prevención, así como la capacidad de escucharlas y comprender su contexto.
Comparte esta idea Mónica Ramos Toro, quien añade la necesidad de destinar recursos habitacionales, económicos y de acompañamiento adaptados a las circunstancias de estas mujeres. “Si no identificamos lo que les está pasando y no generamos recursos públicos adaptados a sus necesidades, estas mujeres seguirán siendo invisibles y sus derechos continuarán vulnerados”, concluye.




