Miguel Rellán, actor, 83 años: “Los jóvenes que idealizan la dictadura no tienen ni idea de lo que era vivir así, a mí me detuvieron varias veces por nada”
Vips Séniors
A sus 83 años, Rellán se ha convertido en el intérprete más veterano nominado a los Goya en la categoría de mejor actor de reparto por ‘El Cautivo’, de Alejandro Aménabar
Amable y divertido, no tiene reparo en señalar que en España falta educación, así como en señalar que no entiende “que personas muy inteligentes pierdan el tiempo discutiendo con imbéciles en Twitter”

Miguel Rellán, actor.

Miguel Rellán (Tetuán, 1943) habla sin impostura, con una ironía amable y una lucidez que, como él mismo, no se jubilan. A sus 83 años y tras contar ya con un premio Goya —en 1987, por Tata Mía, de José Luis Borau—, el actor podría llevarse otra estatuilla como mejor actor de reparto por El cautivo, de Alejandro Amenábar. Ahora contempla el reconocimiento con gratitud y cierta distancia, consciente de que “los premios ilusionan, pero no definen tu carrera”. Intérprete en más de cien películas, series y montajes teatrales, también señala la subjetividad a la que se exponen los artistas. “La mitad de la belleza del paisaje la pone el que mira”, subraya.
Su infancia estuvo marcada por su timidez y una miopía extrema. “Alto, delgado y con aquellas gafas de culo de vaso, los matones me hacían bullying, me da mucha pena aquel crío”, recuerda. Aunque parecía que iba a seguir los pasos de su padre como médico, el teatro se convirtió en una pasión inagotable y una tabla de salvación. “Me curó la timidez y ahora tengo un morro enorme”, apunta. De hecho, habla con un envidiable sentido del humor y amabilidad constante. No esquiva temas incómodos, ni repara en criticar la banalización del conocimiento y el ruido de las redes sociales. En su caso, asegura, “practico la calma y el optimismo por convencimiento”.
Curioso y en permanente movimiento, cuando se le escucha una piensa que es la persona mayor que todos desearíamos ser. Alterna rodajes, teatro, locuciones y su labor en el Ateneo de Madrid como presidente de la sección de Teatro. Frente a la nostalgia reaccionaria, se rebela contra la idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor. “Lo que más gusta es rodearme de gente joven, aprendo mucho de ellos”, comenta. Quizá por ello acepta participar en innumerables cortometrajes “siempre que me parezcan interesantes”. Sobre “los guiones malos” que le llegan, dice que “aprendí a negociar; como siempre me decía Antonio Gala, nosotras putas, pero carísimas”.
Empezamos celebrando que le han vuelto a nominar a los Goya. Este año hay muchas personas sénior nominadas. ¿Cómo vive este reconocimiento?
Nunca se me ha ocurrido pensarlo en términos de edad. La edad no tiene nada que ver con estar nominado o con que te den un premio. Eso depende de lo que haces y de cómo lo haces, tengas 19 años u 84. Dicho esto, lo llevo bien, pero con cierta distancia. Los premios hacen ilusión siempre. Cuando eres joven te quedas sin dormir pensando “a ver si me lo dan”, así tus padres se quedan tranquilos pensando que puedes vivir de esto, que ya tienes un nombre… A estas alturas, claro que alegra que reconozcan tu trabajo, pero lo relativizas mucho más.
La edad no tiene nada que ver con estar nominado o con que te den un premio; eso depende de lo que haces y de cómo lo haces, tengas 19 años o 84
Su personaje en la película es el narrador. ¿Qué le atrajo de él?
El hecho de trabajar con Alejandro Amenábar en una película sobre Cervantes, a quien admiro profundamente. A principios de año empecé de nuevo a leer El Quijote por séptima vez. Cada tres o cuatro años lo leo entero. Y de vez en cuando lo abro al azar, como pasa con El Padrino de Coppola. Trabajar con Alejandro es un gozo, pero el personaje de Antonio de Sosa no me costó excesivo trabajo. Charlando, tomando café, se nos ocurrió, por ejemplo, que fuera tuerto, algo muy lógico en aquella época. Me dejé hacer el pelo y la barba y parecía un profeta. Pero, insisto, no fue un trabajo especialmente difícil.
Dice que siempre vuelve a El Quijote…
Bueno, hay algunos libros a los que vuelvo siempre, y a Álvaro Cunqueiro… Depende del momento, unas veces estás para Mozart y otras veces estás para chachachá, ¿no? Yo cuido mucho los libros. Anoto si son comprados, si son regalos. Hace meses estaba leyendo algo y, de pronto, en un margen ponía: “Extraordinario, a tener en cuenta, maravilloso”. Lo leo y digo: “¿Y esto a mí, hace catorce años, por qué me parecía maravilloso?”. Uno también cambia.

¿Siente el cariño del público?
La verdad es que sí. Porque, como digo siempre, no somos billetes de quinientos euros para gustar a todo el mundo. Seguro que hay gente a la que le caigo fatal, y no sé por qué. A lo mejor les recuerdo a un profesor suyo o a un tío suyo. Un compañero detestaba a las pelirrojas, hasta que en terapia descubrió que una tía suya, desde pequeño, le había maltratado, y era pelirroja. Lo tenía ahí dentro. El gusto se conforma.
¿Le ha ocurrido a usted con alguien?
Yo recuerdo que mi despertar a la sexualidad fue a través —y nunca se me olvidará— de una hermana de mi madre. Yo debía tener catorce años, todavía no había empezado la explosión hormonal, y ella veintidós, pero para mí era una señora. Nunca olvidaré un día que yo estaba sentado, y mi tía, por el otro lado de la mesa, me puso un plato delante. Llevaba un escote, se inclinó… y yo sentí una cosa que nunca había sentido. Mi tía, que vive todavía, era muy guapa. Y, para mí, las mujeres que se parecen a mi tía… ¡Ah!
Suele decir que en su oficio todo depende de quien mira.
Exacto. Hay profesiones donde el trabajo está objetivamente bien o mal hecho. Si soy fontanero y el grifo deja de gotear, he hecho bien mi trabajo. Como si soy cirujano y el paciente sale andando. Pero yo puedo salir de escena convencido de que lo he hecho bien y que el espectador diga, “no me ha gustado”. Como dice el clásico, la mitad de la belleza del paisaje la pone quien lo mira.
Me encanta escuchar su voz, tan característica…
Eso me sorprende. Estoy tan acostumbrado a mi voz que me parece vulgar. Pero a veces alguien me reconoce por ella, quizá un taxista, y me dice que me oye en la radio. Tendré que rendirme a la evidencia y aceptar que es peculiar.
No somos billetes de quinientos euros para gustar a todo el mundo; Seguro que hay gente a la que le caigo fatal, y no sé por qué
Nació en Tetuán, ¿cómo recuerda su infancia?
Hay tres clases de memoria: buena, mala y conveniente. Recuerdas lo bueno, por supervivencia. Tengo la idea de que fue una infancia feliz, aunque muchas veces pienso que no lo fue tanto. Fui un niño muy tímido. Descubrieron pronto que era muy miope, con 15 dioptrías en cada ojo. Llevaba gafas de “culo de vaso” enormes y sufrí lo que ahora se llama bullying. Los matones me decían que no jugara, que me romperían las gafas. Yo jugaba, y me las rompían. Me da mucha pena aquel crío. Lo pasó muy mal. Eso hizo que me refugiara en la imaginación, en los libros, en el cine. Aquel niño se sentiría orgulloso del adulto que soy ahora. El teatro me cambió, me curó la timidez y ahora tengo un morro enorme.
Todo el mundo destaca su alegría.
Tengo buen carácter y buen humor. Me levanto por la mañana y digo, como Mafalda: “Mundo, aquí está Miguelito”. Soy optimista, pero hay que pelearlo. Como decía Gramsci, el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad. Yo lo soy por convencimiento.
Estudió Medicina y la dejó casi al final.
Sí. Mi padre era médico y yo iba a serlo. Pero empecé a hacer teatro en Sevilla y fui perdiendo pie. Mi padre me dijo que lo dejara y no me arrepiento. La universidad entonces era otra cosa, un hervidero cultural y político. Conocí a gente como Felipe González, Alfonso Guerra… Creamos el Grupo Esperpento. Era otra época.
¿Qué le diría a los jóvenes que idealizan la dictadura?
Que se informen antes. No tienen ni idea de lo que era vivir así. Nosotros hablábamos bajito por miedo. A mí me detuvieron varias veces por nada. Las mujeres no podían ni tener una cuenta bancaria, ni siquiera comprar una lavadora. Es imprescindible informarse, y es patético que hoy, cuando es tan fácil, no se haga.
Los jóvenes no tienen ni idea de lo que era vivir así [en plena dictadura]; a mí me detuvieron varias veces por nada, y las mujeres no podían ni tener una cuenta bancaria
¿Le preocupa la educación?
Es fundamental. En este país faltan tres cosas: educación, educación y educación. Y que sea pública. Un país no puede permitirse perder talento porque alguien haya nacido en Usera y no en una familia acomodada. La igualdad debe estar en la línea de salida. Luego, esfuerzo y capacidad.
¿Cómo se cuida?
Voy al gimnasio tres o cuatro veces por semana, corro cuando puedo y tengo 83 años, eh. Mentalmente no pretendo cuidar de mi cerebro, pero tengo curiosidad por todo, leer, escuchar música, hablar con gente interesante. ¡Me falta tiempo!
¿Qué ha aprendido sobre la condición humana?
Es imposible resumirlo. Pero te diré que para un actor es fundamental vivir, pasar por el dolor, por las decepciones. La vida pasa por nosotros, pero nosotros tenemos que pasar por la vida. El dolor es inevitable; lo que sí se puede cambiar es la actitud ante él.
¿Ha ido alguna vez a terapia?
No. A lo mejor es una presunción estúpida, pero creo que no lo necesito. A lo mejor tengo que hacer autocrítica, pero he tenido problemas gordos y he salido adelante. Cuando se murió mi madre lloré mucho, la eché mucho de menos mucho tiempo. Pero no hice nada para evitarlo, hay que pasar el duelo. Y poco a poco te vas dando cuenta de que lloras menos, y tienes un recuerdo tierno. Aunque de vez en cuando aparece una fotografía y…
¿Se cambia con la edad?
Claro que cambias, lo hacemos de continuo, pero estoy muy en contra de la idea de que la gente mayor se vuelve egoísta: si eres egoísta de viejo es porque ya lo eras antes. Igual que con lo de las manías de la gente mayor… Pamplinas. Todo el mundo tiene sus manías, pero ¿por qué vas a imponerlas a los demás? Quien lo haga ahora, ya lo hacía antes, seguro. Mi madre me influyó mucho y ella, por ejemplo, citaba una frase de Winston Churchill, que dice que el dinero no cambia a las personas, las descubre.

¿Cómo ha conquistado su alegría?
En parte viene de fábrica. La felicidad, entendida como algo permanente, es imposible. A lo que hay que apuntarse es al partido de la alegría, a pesar de todo. Vivir con cierta armonía y coherencia.
¿Qué entiende por coherencia?
Que tus hechos correspondan a lo que piensas. Mi abuelo decía, escucha lo que alguien dice y luego míralo actuar, entonces sabrás quién es de verdad. La incoherencia es uno de los grandes males de nuestro tiempo.
Com.grupogodo.lzdigital.p66.web.service.util.impl.ArticleUtilsServiceImpl@510f99b4
Para informarme y seguir a gente interesante. No entiendo que personas muy inteligentes pierdan el tiempo discutiendo con imbéciles en Twitter. Como decía Umberto Eco, las redes han dado voz a muchos idiotas.
Estoy en contra de la idea de que la gente mayor se vuelve egoísta: si eres egoísta de viejo es porque ya lo eras antes
¿Dónde encuentra la calma?
Dentro. Nunca tengo prisa. He aprendido a renunciar, no se puede leer todo, ni verlo todo, ni vivirlo todo. Hay que aceptarlo.
¿Va a ir a los Goya?
Si puedo, no. Me aburren las ceremonias interminables. Y si me lo dan, que dicen que no me lo van a dar, que salga alguien muy guapo a recogerlo y dé las gracias.
No para usted de trabajar, ha sido complicado conseguir esta entrevista…
Sí, he estado rodando una película casi dos meses, con Javier Cerdá y, al mismo tiempo, estaba haciendo los últimos estertores de un monólogo dirigido por Xavier Albertí, El maestro Juan Martínez que estuvo allí. Se cumple aquella frase de Alfredo Amado que decía que en este oficio, como en el de los bomberos, y a lo mejor en el tuyo, o estás callado o tocas la trompeta. Además, tengo una facilidad estupenda para complicarme la vida. Hago cortos cuando puedo, para ayudar a los chicos. Y mil chapuzas. Esta tarde, por ejemplo, me voy a la radio a hacer una locución. Y formo parte de la Junta de Gobierno del Ateneo de Madrid, soy el presidente de la sección de teatro. ¡Qué maravilla!
Se involucra en lo que le apasiona, pero, ¿qué pasa si le ofrecen papeles que no le gustan?
Cuando me llegan guiones malos y mal pagados, he aprendido a negociar. Como me decía Antonio Gala, nosotros putas pero carísimas.
Para acabar, ¿algún lema vital?
Te regalo una frase de Kant: ‘Actúa de tal manera que no te importe que tu conducta se convierta en ley’. Si lo piensas impresiona, ¿a qué sí? Pues eso.







