Marc Ripoll, viticultor del Priorat: “Las viñas de 100 años plantadas en laderas suponían mucho trabajo y casi ningún beneficio, pero su grandísima calidad las convirtió en estrellas”
Vinos
En el año 2000 dejó su trabajo en Barcelona para volver a sus raíces y dedicarse al sector del vino, coincidiendo con el auge de la marca Priorat: “Se pasó de una situación de declive a ser posible vivir de la viña”

Marc Ripoll es el alma de Cal Batllet, una bodega con DOC Priorat que elabora un vino monovarietal de escanyavella

“Por la tipología de bodega que es, yo soy la bodega; me toca hacer todos los papeles”. Así de rotundo se expresa Marc Ripoll, alma de Cal Batllet (DOC Priorat), cuando se trata de definir su rol en esta bodega. Y no se queda corto: trabaja los viñedos, elabora vinos, gestiona las ventas, está pendiente de los trámites administrativos y burocráticos e incluso se echa a las espaldas las labores de enoturismo. Por suerte, cuenta con el apoyo de un pequeño equipo, también crucial para tirar adelante un proyecto que trabaja solo con viñedo propio.
Ripoll es el heredero de las tierras de la familia, pero no siempre las integró en sus planes de futuro. Formado en Ingeniería Industrial Mecánica, fue con la llegada del nuevo milenio que dejó su trabajo en Barcelona y decidió recuperar su legado. Reformuló y restauró la bodega y nació la nueva versión de Cal Batllet, donde hace más de 25 años trabaja las viñas que fueron plantadas por sus bisabuelos, algunas de ellas centenarias. En total, diez parcelas dispersas por Gratallops y Torroja del Priorat. Y con un rasgo diferencial: es el único que elabora un vino monovarietal de escanyavella, una variedad autóctona y minoritaria que estaba al borde de la desaparición.
¿Siempre has estado vinculado a la viña?
La viña siempre ha formado parte de mi vida. Al haber nacido en Gratallops, en una casa de payeses, la dedicación a la tierra —y especialmente a la viña— ha estado presente desde pequeño, ayudando a mi padre y a mi abuelo en todas las tareas, y aprendiendo a través de esta transmisión de generación en generación. En aquellos momentos no elaborábamos vinos, sino que éramos socios de la Cooperativa de Gratallops, como la mayoría de los agricultores; todavía no había comenzado el renacimiento del Priorat. Y recuerdo especialmente el día del año en que los socios recogíamos el vino joven a granel para llenar las botas de castaño que cada casa tenía. Era el momento en que los aromas del vino inundaban toda la casa, tanto los del vino joven como los de los vinos rancios. El vino marcaba absolutamente la vida de las casas del Priorat.
¿Cómo era Cal Batllet antes del año 2000?
Era solo una casa de payeses, y sí que estaba la antigua bodega, pero no se elaboraban vinos; esperaba pacientemente el momento de su regreso, con los vinos de la añada 2000. Yo también viví un cambio importante y buscado: dejé atrás un trabajo en Barcelona relacionado con mi formación en ingeniería industrial mecánica, y pasé a dedicarme plenamente al trabajo ligado a las raíces más auténticas, la viña y el vino.
Cuando reformulas la bodega, ¿en qué momento se encontraba el Priorat?
A finales de los años 90, la DO Priorat se había transformado completamente: se pasó de una situación de declive, donde no había futuro en la tierra, donde los vinos no eran apreciados y cada vez había menos agricultores… a una situación de crecimiento, donde aparecían nuevas pequeñas bodegas, se priorizaba la calidad por encima de la cantidad, sus vinos eran buscados a nivel internacional y era posible vivir de la viña. Las viñas de la DO Priorat tienen rendimientos muy bajos y, con criterios de producción, nunca pueden ser competitivas; y las viñas de 100 años plantadas en laderas suponían mucho trabajo y casi ningún beneficio. Pero su grandísima calidad las convirtió en estrellas: ahora sí que era un lujo poder cultivarlas y que sus vinos eran un tesoro. Así fue como la DO Priorat pasó a ser Denominación de Origen Calificada.
Eres de los pocos que apuesta por la escanyavella. ¿Qué tiene de diferente y especial?
La escanyavella es una variedad blanca autóctona, antigua y minoritaria. Su rasgo diferencial es su rusticidad; como bien define su nombre, es una uva con una piel muy gruesa y áspera, no es dulce y tiene una acidez elevada, por lo que “ahoga a las pobres viejas al comerla”. Esta variedad, como otras antiguas, estaba casi desaparecida; solo quedaban algunas cepas dispersas entre las viejas viñas en ladera de cariñena. Durante el siglo XX, cuando las viñas se abandonaban, se perdía toda esta diversidad genética que contenían. Como en Cal Batllet siempre las hemos trabajado, hoy disponemos de plantas de escanyavella de más de 100 años. En otras zonas catalanas alguien la recuerda, pero llegó a desaparecer por completo. Y su carácter rústico también lo tiene la planta, ya que es muy resistente a todo, y este fue el criterio que hizo que en los años 80 se eligiera para replantar un pequeño rodal en el paraje Coll de Falset de Gratallops, donde ninguna otra variedad funcionaba debido a los virus presentes en el suelo. En definitiva, es una variedad de la que ya teníamos una pequeña producción antes de empezar a elaborar vinos.
Las viñas de 100 años plantadas en laderas suponían mucho trabajo y casi ningún beneficio, pero su grandísima calidad las convirtió en estrellas
Creo que eres el único que elabora un vino monovarietal de escanyavella. ¿Es así?
Sí, nuestro vino Gratallops Escanya-Vella es el único monovarietal de esta variedad. En Cal Batllet es la única variedad blanca que cultivamos, y por tanto era fácil que fuera así. De hecho, no es fácil que haya otros vinos de escanyavella; como ocurre a menudo con las variedades antiguas minoritarias, estas no constan en ningún sitio, es como si no existieran. Por tanto, todavía no es una variedad reconocida, aunque gracias al trabajo de la DOC Priorat y del INCAVI se encuentra en las fases finales del proceso para serlo. Una vez tenga una situación más normalizada, quizá despierte el interés de otros viticultores que quieran dignificar los legados históricos autóctonos.
Imagino que era arriesgado apostar por una variedad tan minoritaria. ¿Lo viste claro desde el principio?
No, en absoluto. Al principio de la bodega, en el año 2000, los vinos blancos tenían muy poco protagonismo; los tintos del Priorat eran los vinos esperados. Y justamente entonces todavía existía la tendencia a valorar solo las variedades conocidas a nivel internacional: garnacha tinta, cabernet sauvignon, merlot, syrah… Por tanto, ni blancas ni minoritarias. Aun así, el riesgo no fue elevado, ya que las cantidades eran de unas 300 botellas al año.
¿Y cómo lo hiciste?
Las cosas fueron cambiando, y el vino blanco empezó a apreciarse más y las variedades autóctonas a reivindicarse. En la bodega fuimos puliendo la elaboración de este vino e incrementando el número de botellas, plantando más cepas alrededor de aquella pequeña viña del Coll de Falset. Así que, pasados 25 años, la escanyavella se ha convertido en el rasgo diferencial de la bodega; los amantes del vino nos tienen como referente de esta variedad, y nosotros estamos muy orgullosos de haber mantenido este pequeño tesoro. Y no solo eso: también es interesante porque ahora nos encontramos ante el reto de la adaptación de las viñas al cambio climático.
¿En qué sentido?
Aquí nos afecta con un aumento de temperaturas y periodos de sequía muy severos. Pues doblemente satisfechos, ya que resulta que la escanyavella es una variedad que funciona muy bien en condiciones de calor y sequía: es una variedad de ciclo largo, que le cuesta madurar, no acumula azúcares en exceso y no pierde acidez, y por tanto se adaptará mejor que otras variedades hoy mayoritarias. Esto nos hace darnos cuenta de la importancia de mantener la mayor diversidad genética posible; conservando variedades antiguas tenemos más herramientas de adaptación a los cambios futuros.

Tienes diez parcelas, y haces hincapié en que están repartidas entre Gratallops y Torroja del Priorat. ¿Es porque un vino cambia mucho de un lugar a otro?
Los vinos vienen marcados por el lugar de donde salen, y en la DOC Priorat todavía más, ya que tenemos una orografía muy diversa: nada es plano, todo está lleno de colinas y orientaciones cambiantes. Esto origina multitud de microclimas que condicionan la viña, la uva y el vino que se obtiene. Nuestra familia desciende de Gratallops y Torroja, y como toda la viña es familiar, ahí es donde tenemos las 10 parcelas diferentes. Repartidas en 6 parajes de Gratallops (Aubagues, Camp d’en Piqué, Capella, Coll de Falset, Coma y Vinyals) y 1 de Torroja (Costes).
Si no me equivoco, desde 2009 elaboráis todos los vinos bajo el distintivo Vins de la Vila. ¿Por qué?
En la DOC Priorat es muy importante hablar de la tierra y de sus nombres, ya que se ve claramente que es la tierra quien hace el vino, y es la historia quien le ha dado los nombres. En 2009 se hizo la primera zonificación de la DOC, dibujando las 12 villas que la conforman y creando perfiles del vino de cada villa, inspirado en el modelo francés. Entonces nosotros ya apostamos por esta idea: representaba dar valor a la tierra por encima de todo, y como mejor garantía para el consumidor, ya que eran vinos con exigencias superiores (solo uvas de la villa, principalmente las variedades recomendadas garnacha y cariñena, mayor edad de la viña o mayor puntuación de cata). Todos nuestros vinos fueron calificados como Vi de Vila de Gratallops y Torroja.
En la DOC Priorat tenemos una orografía muy diversa, y esto origina multitud de microclimas que condicionan el vino que se obtiene
También está la etiqueta Vi de Paratge. ¿Qué significa?
Posteriormente, esta primera zonificación se completó con el dibujo de los diferentes parajes de cada villa, en total 459 parajes con sus nombres históricos. Una calificación todavía más exigente. De modo que actualmente tenemos 2 de los 6 vinos que son Vi de Paratge: uno, Aubagues de Gratallops, y el otro, Ronçavall de las Costes de Torroja. El resultado de esta zonificación es que cada vez hay más vinos que provienen de lugares más determinados, que tienen un carácter más único y que hablan más del lugar que del elaborador.
Este distintivo, si nos ponemos en la piel del consumidor, ¿indica que los vinos tienen un sabor diferente al resto del Priorat?
Cuando se habla de un perfil Priorat, este puede ser muy genérico: aquel que se estableció hace unos años, vino intenso, concentrado, mineral, que envejece muy bien… pero cuando hablamos de los Vins de Vila y de los Vins de Paratge, ya es otra cosa; vamos mucho más al carácter que explica ese lugar tan determinado: su altitud, orientación, sus llicorellas, su microclima… Cuando degustamos uno de estos vinos, es como viajar a la parcela de donde procede. Cada una de las 12 villas y cada uno de los 459 parajes tienen un carácter único e irrepetible.
Parece que ya no solo importa el sabor, sino la historia y el esfuerzo que se esconde detrás de cada botella. Hoy en día, ¿está suficientemente valorado el trabajo del viticultor?
El vino es mucho más que una bebida: contiene una parte de la historia de esta tierra, el esfuerzo de mucha gente que ha trabajado durante generaciones la misma viña o todas las culturas que se practican como legado de siglos. Hoy en día hay mucha gente que reconoce todo esto, pero desgraciadamente el consumo de vino baja, los costes para los viticultores aumentan, y todo hace que sea más difícil la pervivencia del sector. Habría que fomentar todavía más el consumo responsable, pero de vino de calidad, de denominaciones de origen de proximidad y de pequeños productores, que al final somos los que estamos en el territorio, habitándolo y cuidándolo.
Tradicionalmente, se ha dicho que los vinos de la zona son potentes. ¿Cómo podemos introducirnos en ellos sin que el paladar nos tire para atrás?
Los vinos del Priorat son intensos como lo es la propia tierra y su paisaje, pero todo lo que puede parecer agreste por las rocas de llicorella tiene elegancia. Los vinos auténticos de la DOC Priorat están muy lejos de esa idea de potencia y poca finura. Justamente en las viñas centenarias de cariñena, con las raíces bien clavadas en la profundidad de las pizarras, podemos encontrar un nivel de refinamiento, aromas a violetas y una sensación sedosa en el paladar que rompen todos esos prejuicios.
Los vinos auténticos de la DOC Priorat están muy lejos de esa idea de potencia y poca finura
Cada vez hay más interés por el vino, pero el consumo baja. ¿Las bodegas tenéis que reinventaros de alguna manera?
Justamente es el diagnóstico al que llegamos, y creo que nuestro camino, en el caso de una DO histórica, de producción limitada y de bodegas pequeñas, no es cambiarlo todo de arriba abajo; debemos evolucionar, pero sin perder la identidad. La DOC Priorat, con solo 5 millones de botellas, no debería tener problemas para salir adelante.
¿Se puede explicar bien un mundo tan lento y romántico como el del vino en un contexto de hiperconsumo y rapidez extrema como el que vivimos?
Cada día lo explicamos, y de hecho el enoturismo crece. La gente quiere sentir toda esa vertiente de historia y romanticismo que rodea al vino; no quiere datos técnicos, eso desincentiva el consumo. En Cal Batllet, desde nuestra humilde bodega, recibimos visitantes de todo el mundo, e intento transmitirles toda esta idea, que sea un momento de pausa y de conexión con el terruño. Y, por supuesto, después siempre se puede repetir desde casa abriendo una botella de vino.





