
¿Se hace así?
Opinión
Algunos días, de regreso a casa —a nuestra antigua casa de techos altos y madera vieja, en la que siempre hacía frío—, pensaba en si echaría de menos aquella ciudad si volvíamos a ese sur al que huí a los veinte, dejando todo el norte atrás.
¿Añoraría el eco de ese cogollo de calles en el que vivíamos? ¿El color gris de los días grises? ¿La ría, que arrastró hierro y humo y que ahora peinan paseos relucientes, como si el agua pudiera olvidar lo que cargó?
Subíamos al cuarto piso, nos quitábamos los zapatos, poníamos la ropa mojada sobre los calefactores; bañábamos al niño en una bañera antigua —pero bañera al fin y al cabo— y, mientras intentaba entrar en calor, me preguntaba por qué se echa de menos un lugar y por qué sería Bilbao y no otro; por qué más que Barcelona, el verano en el que nos enamoramos, o Málaga, el invierno en el que nos dimos cuenta de lo que era de verdad el amor —o eso pensábamos—.
Batía huevos para la cena y exploraba el mapa en mi cabeza. Qué exactamente dejaría en mí un vacío, un pellizco, la sed.
La subida a Artxanda los días de sol; el mercado de las flores; la biblioteca en la que mi hijo andaba siempre descalzo; el sonido del cristal y de los cubiertos chocando en la Plaza Nueva; los pintxos, como un cuerpo militar en las vitrinas, cayendo uno tras otro en la guerra del mediodía. ¿Sería esto?

Me llegaba el rumor del secador de fondo, la melodía de alguna canción absurda desde el baño, y sacaba un par de cervezas de la nevera para celebrar que habíamos conseguido volver más o menos dignos a casa tras el diluvio, fuera lunes, miércoles o la vigésima hora del domingo más domingo de los domingos de Bilbao (solo un bilbaíno sabrá a lo que me refiero). Con la tortilla lista, nos sentábamos en aquella mesa redonda que aún tenemos y desde la que escribo ahora, a mil kilómetros de distancia, bajo otra luz.
Enumeraba en secreto: las anchoas albardadas del Monty y esos zuritos como dardos; la tortilla de patatas del Txintxirri; incluso la simple esperanza de encontrar un hueco para tomarla entre cuadrillas, carritos de bebé, señores con txapela, copa y paraguas; las rabas caprichosas del Sorginzulo; la gilda del Lucky Baster y sus bienvenidas, el «lo de siempre», el no tener que pedirlo.
Enumeraba: el marianito preparado, ese brebaje suculento y peligroso como la manzana de Blancanieves; el juego de cuchillos en Kuma, el primer japonés de Bilbao que logró que los leones bajaran la cabeza en señal de respeto; la barra viva de Jonathan en el Cork, en la que conviven botellas de apellidos ilustres y la vieja costumbre de beber de pie; también los vinos antiguos escondidos en el Víctor o en la Sociedad Bilbaína, que solo se abren en buena compañía.
Enseñábamos a sumar a nuestro hijo, perfecto, limpio y caliente, y, entre los tres más dos y los ocho más ocho, me alcanzaban el txipirón en su tinta de Josean en Nerua, la sopa de txangurro con yema de Álvaro Garrido, la de pescado del Zapirain, los escabeches del Mugarra, la menestra del Kimtxu, el viaje de Julen, los desayunos —todos— en Cokoon y la sonrisa de Leire regalándole al niño su galleta favorita.
¿Se hace así? ¿Se echa de menos así? ¿Decidiendo qué retener en la memoria?
Sé que las ciudades no se extrañan por sus monumentos —que suelen estar donde los dejamos—, sino por esas minucias que se nos meten dentro al vivirlas. No fui especialmente feliz allí, pero no lo soy nunca en ninguna parte. Quizá sí estuve cerca en aquella —esta— mesa, con la cerveza tras la lluvia y las matemáticas en la boc

