No hay refrán para el estreno de un presidente como sí lo hay para el entrenador: “Entrenador nuevo, victoria segura”, dice un dicho que no aguanta una mínima verificación científica, como tantos otros aplicados en el fútbol. “Con diez se juega mejor que con once” y otras paridas. Rafa Yuste debutaba ayer como presidente circunstancial del FC Barcelona tras la estatutaria dimisión de su amigo Joan Laporta, y no habrá frase hecha que le consuele esta mañana cuando se despierte.
Por lo pronto, que pida hora al Ayuntamiento para asegurarse de que en el partido de vuelta (3 de marzo) la grada del Gol Nord esté ya utilizable: si para su equipo existe una mínima opción de remontada, esta pasa por meter a más de 60.000 personas en el Camp Nou para repetir la encerrona del Metropolitano. Hay retrasos intolerables, y la reincidencia a la hora de anunciar plazos incumplidos en el retorno al estadio es ya insoportable.
Rafa Yuste tiene una obligación desde ya: meter a 62.000 personas en el partido de vuelta
Explicar el fútbol no siempre es sencillo. Colapsos de tamaña magnitud en equipos aparentemente fiables (el Barça lo era, no puedes no serlo llegando líder de la Liga y muy entero a las semifinales de la Copa y al top ocho de la Champions) son un misterio para el mejor de los analistas. A toro pasado, el partido se puede resumir así: el Atlético jugó muy bien y el Barça, fatal. Sofisticaciones pocas cuando la diferencia entre unos y otros es tan abismal.
Falló, para empezar, Joan Garcia, el portero infalible, señal de que el partido empezaba torcido para los de Flick. Como la debacle estaba por llegar, el error, a todas luces garrafal, fue justificado por no pocos culés con tantas explicaciones comprensivas (“le bota dos veces antes, algún día le tenía que pasar….”) que uno las hubiese agradecido en su día para Araújo antes de su caída en depresión.
Cubarsí, impotente ante los goles del Atlético delante de Ferran Torres
Llegados al descanso, la relativización de los errores dio paso a la indignación. 4-0 al descanso y Simeone con los dedos en el enchufe como poseído en la banda técnica en una estampa que se repite desde el siglo XVII. El argentino gesticula, protesta, entra al campo, reclama, se pasa el partido fuera de la zona técnica y nunca le enseñan tarjeta. Es una impunidad curiosa. Ayer todas (todísimas, incluido un fuera de juego demencial que el VAR tardó siete minutos en ver) las decisiones del árbitro beneficiaron a su equipo y a cada segundo parecía que le robaban la cartera.
Dicho esto, el Atlético fue infinitamente superior en todos los aspectos del juego, incluido el ataque, apuesta que seguramente desorientó al Barça. Simeone situó hábilmente a Griezmann en zonas indetectables y le dijo a su hijo, un niño hiperactivo, que hiciera del carril derecho su autopista, a la manera de lo que hace él con el área técnica. Simeone padre, admirador de Raphinha, sabe que sin el brasileño la presión del equipo de Flick desciende por contagio, y por aquella banda el lateral se queda más solo que la una. Sucedió con Balde, torpe como el resto de sus compañeros pero desasistido por estos. Se hablará de mala defensa, pero en un equipo de fútbol, mucho más en uno como el parido por Flick, la solidaridad en el esfuerzo es innegociable porque su ausencia deja en cueros al equipo. Eso sucedió en el Metropolitano: el Barça compareció desnudo y se fue con el rabo entre las piernas. ¿Es posible la remontada? Autocitémonos en el inicio del segundo párrafo: explicar el fútbol no siempre es sencillo.