Guadalupe Greses,gestora de proyectos y de un buzón que solo acepta cartas de amor:

“Mi padre murió hace tres años y sigue recibiendo cartas de amor”

Tengo 31 años. Nací en València y vivo entre València y Albacete. Me licencié en Traducción e Interpretación. Gestiono un proyecto de educación en la Universidad de Castilla-La Mancha. Tengo pareja y no tengo hijos. Las personas hemos dejado de confiar en las instituciones. Soy atea. (Foto: LV)

Custodia un buzón muy especial.

Sí, un buzón que solo recibe cartas de amor, en Santa Cruz, en la isla de La Palma, en la que era la casa de mi padre, la casa familiar.

¿Fue así creado?

No, era un buzón normal, una rendija por la que introducir las cartas, hasta que un día mi padre, un hombre bastante antiburocrático, se hartó de recibir facturas y decidió que solo quería recibir cartas de amor y lo puso en el buzón.

“Sólo cartas de amor”.

Lo pintó y quedó muy bonito e, inopinadamente, empezó a recibir cartas, un gesto pequeño… que cambió la casa para siempre.

¿Un hombre peculiar?

Muchísimo. Se autoproclamó conde de Velhoco, un barrio de Santa Cruz. Tenía moneda propia, concedía títulos… y muchos creían que era verdad.

No era un aristócrata excéntrico.

No, pero le hubiese encantado. Fantaseaba con su amigo “el Vizconde”, juntos organizaban el condado imaginario. En el buzón se lee “Posta del Condado de Velhoco”. Muchas cartas empiezan con “Querido conde”.

¿La casa lleva tiempo en su familia?

Sí, es una casa histórica y siempre ha habido leyendas de fantasmas, lo cual le encantaba a mi padre. Le gusta explicar que allí hubo un asesinato en el año 1800. Pero su sueño era abrir un café para la intelectualidad palmera, El Portugués. Lo dejó precioso.

¿Triunfó?

Sí, pero duró tres meses porque a él lo que le gustaba era participar y no regentar. Lo montó en la planta baja de casa. No sabía echar a los clientes, así que cerraba y los dejaba dentro, y eso nos desquiciaba a toda la familia.

Comprensible.

A veces, para espantarlos, se disfrazaba de Drácula y la juerga se descontrolaba. Colgó en el bar una máquina de escribir de su abuelo y explicaba que había sido usada por Aga­tha Christie en su última novela.

¿Qué tal era vivir con él?

Te reías muchísimo y a veces lo querías matar. Pero me enseñó que la imaginación puede transformar la realidad, embellecerla; que nada es tan serio. Si te tomas la vida con sentido del humor, creatividad y fantasía, es mucho más divertida.

¿A qué edad se retiró su padre a La Palma?

Él nació y vivió en la isla hasta los 10 años. Se instaló en València y cuando se divorció, a los 52 años, regresó. Y murió diez años después.

¿Contestaba las cartas?

No, pero las guardaba y releía. Encontrarlas a su muerte, todas juntas y ordenadas, fue muy emotivo.

¿Eran cartas secretas de amor?

Sí, manuscritas, de personas que cuentan sus sentimientos de amor y desamor a un conde desconocido o a un buzón perdido en una isla. Llegan cartas en muchos idiomas.

¿Cuál es su preferida?

Son tres. Una es de Ana, una chica de la isla que envió muchas cartas, la primera cuando tenía 13 años preguntándose de quién se enamoraría. De mayor agradece al buzón su ejercicio creativo de escritura. “Este buzón es un almacén del amor”, escribe.

¿Qué cuentan las otras?

Una habla de desamor, pero termina con esperanza porque le desea a la persona que le ha dejado que vuelva a encontrar el amor. La firma Víctor y voy a conocerle, porque me llamó cuando vio su carta en el libro.

Empieza a parecerse a su padre.

La vida te sorprende, me hace ilusión conocer a Víctor. Y bueno, luego hay otra carta de duelo que, evidentemente, tras la pérdida de mi padre, me resuena mucho.

¿Una carta de despedida?

Sí, habla de cómo la ausencia del amor le pesa. Es muy intensa. La leí muchas veces. Son cartas muy auténticas. Hay personas que mandan cartas muy largas y otras muy cortitas: “Querida Casa. Te bendigo”.

Precioso.

Ese buzón y esas cartas son la herencia más bonita que me ha dejado mi padre. Las escaneé para que no se estropearan y colgué cuatro en Instagram con un vídeo en el que contaba la historia para mis amigos... Y se hizo viral y me propusieron escribir el libro.

¿Las cartas siguen llegando?

Sí, mi tía las custodia y yo voy a la isla y las escaneo. Cerca de casa hay un instituto y llegan muchas cartas de adolescentes. Provocan mucha ternura esas cartas. Y muchísimas agradecen al buzón su callada escucha.

¿Qué le enseñan estas cartas?

Lo bueno del ser humano, nuestra dulzura y amor. Mi padre murió hace tres años, pero sigue recibiendo cartas de amor. Había mucha cordura en todos sus disparates.

¿Cuál fue el último?

Quería que su ataúd fuera transportado por dromedarias hasta Velhoco y enterrado en un mausoleo neobarroco. Tras su muerte reabrimos el bar, izamos la bandera del Condado de Velhoco, cantamos el himno, y brindamos por él. Es lo que hubiera querido.

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