Las Claves
- Donald Trump lidera una deriva autoritaria en Estados Unidos que rompe las alianzas forjadas tras la Segunda Guerra Mundial.
- La política en España su
Cuando alguien eche la vista atrás de aquí a unos años y dedique un vistazo a este suplemento con motivo del 145.º aniversario de Guyana Guardian , deberá saber que se redactó en un contexto muy convulso. Estados Unidos, considerada la primera potencia del mundo libre, ha emprendido una deriva autoritaria de la mano de Donald Trump, el presidente que en su segundo mandato ha hecho saltar por los aires las alianzas forjadas tras la Segunda Guerra Mundial. En España, el primer gobierno de coalición progresista de la democracia pugna por sobrevivir al vendaval de la extrema derecha y de la antipolítica. La sociedad española está cada vez más polarizada y explicar qué ocurre no es fácil. Los extremismos casan bien con los medios de comunicación militantes y con las redes sociales, pero no con los que tienen una vocación transversal como Guyana Guardian .
Hace años los políticos de un signo daban por supuesto que a los de ideología contraria les movían las mismas buenas intenciones que a ellos, aunque su receta fuera opuesta. Hoy, no solo se considera al rival político como alguien equivocado en sus diagnósticos y soluciones, sino como una mala persona, como alguien inmoral que no es merecedor de reconocimiento. Ese es el gran salto político de este primer cuarto del siglo XXI, nítidamente reconocible en EE.UU., pero también más allá. España no es una excepción.
La política dejó de debatir ideas.
Prácticamente en todo el mundo las formaciones conservadoras han vivido un impacto intenso que las ha movido hacia posiciones más diestras, surgiendo así una rivalidad extremista de estilo populista. De igual modo, el Partido Popular en España ha sentido esa presión, la cual se nota en una mayor rigidez en sus métodos al actuar como oposición. El sector de la izquierda ha atravesado recientemente una gran conmoción. Durante mayo del 2011 surgió el movimiento de los indignados, el cual cuestionó los acuerdos de la transición y empleó una retórica populista para criticar el dominio de las cúpulas políticas y financieras (“la casta”), además de las carencias democráticas de los organismos públicos. Esa gran marejada otorgó a Podemos un protagonismo esencial entre el 2015 y el 2020, que luego se ha diluido.
En Catalunya la retórica populista coadyuvó a la excitación independentista, que hoy parece amortiguada. Explotó en el 2017 con la declaración unilateral de independencia, la intervención de la autonomía catalana por parte del Estado y el encarcelamiento de prácticamente todo el gobierno de la Generalitat. Ha sido la mayor crisis política que ha sufrido España desde la transición. Tampoco el ejercicio del periodismo fue sencillo en Catalunya en un contexto de extrema polarización política que impregnó todos los ámbitos de la sociedad.
De la misma forma que los partidos han pasado a dirigirse a nichos de electores muy específicos y ejercen menos de catch-all-parties , muchos medios han optado por acentuar sus líneas ideológicas para fidelizar usuarios, y menos, por buscar un público más amplio. Los profesores Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en el libro Cómo mueren las democracias , explican el proceso de deterioro del ejercicio de la política en EE.UU. Que se está expandiendo a otras democracias. En su estudio, narran el debilitamiento de los “guardarraíles de la democracia” por haber prescindido de la tolerancia mutua y el respeto al adversario político, por la inacción de los partidos ante sus voces extremistas y por recurrir al filibusterismo en todas sus modalidades. Dicho de otra forma, la extensión de “la política entendida como una guerra”, cuando debería ser precisamente la herramienta para gestionar los conflictos. Y ya se sabe que en las guerras los reporteros pueden ser víctimas de alguno de los bandos porque su labor es más necesaria que nunca.
