Las inclinaciones enológicas y los hábitos de consumo
Vinos
Gracias a relatos históricos precisos, en la actualidad entendemos los

¿Qué vinos bebían Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón?
Durante décadas, el relato del vino de reyes ha mirado hacia fuera. Tokaji, Barolo y Borgoña siempre han sido vinos asociados al poder y a la corte, elevados con el paso del tiempo a una categoría casi mítica. Pero rara vez se ha hecho el ejercicio de mirar hacia dentro y preguntarse qué bebían realmente los reyes españoles.
No desde la evocación romántica ni desde el marketing contemporáneo —pensado para ganar reconocimientos de la UNESCO, como pasó en Hungría con Tokaji—, sino desde el archivo, el documento y la literatura. Pero la historia del vino en España no necesita adornos ni relatos casi míticos porque está escrita, fechada y contrastada. Así que abrimos la pregunta: ¿Qué vinos bebían y quiénes eran los únicos autorizados para servirlos?
El vino que bebían los Reyes Católicos
Todo comienza en tierras castellanas. Durante el ocaso del siglo XV e inicios del XVI, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, conocidos como los Reyes Católicos, pasaron extensos periodos en Medina del Campo, que constituía un núcleo político y mercantil fundamental del territorio y el corazón geográfico de la actual DO Rueda. En dicho lugar, el suministro vinícola representaba un requerimiento logístico que se aseguraba mediante la legislación. En efecto, un decreto vinícola emitido el 26 de mayo de 1503 determinó el coste de la bebida en 16 maravedíes (la divisa de aquel tiempo) por cada litro e impuso castigos severos a quienes violaran el reglamento, incluyendo penalizaciones de hasta 2.000 maravedíes junto al decomiso de la mercancía.
No se trata de una interpretación posterior, sino de un documento administrativo que demuestra que los vinos de Medina del Campo eran los vinos de la corte. Localizar este facsímil no fue sencillo: hizo falta más de una década de búsqueda en archivos históricos para sacarlo a la luz. El vino formaba parte del engranaje cotidiano del poder y estaba regulado como tal.
Los escritos de aquel tiempo ratifican este protagonismo. La Celestina, obra de Fernando de Rojas, mencionaba al concluir la decimoquinta centuria el “vino de Madrigal, que es muy generoso”, aludiendo a este sector de la DO Rueda. Rodrigo de Reinosa señalaba en sus versos satíricos los caldos de Yepes, Madrigal o Coca, al tiempo que la poesía vinculada a Jorge Manrique aludía a los vinos de Toro, Madrigal y San Martín. Una centuria después, Tirso de Molina continuaba refiriéndose en sus piezas teatrales al excelente vino de Madrigal. El vino no surge como un simple recurso estético, sino como un componente habitual, identificable y común.
Europa miente sobre el origen del sumiller en
Bajo el reinado de Felipe II, la gestión vinícola en la corte experimenta una evolución sustancial. Se elimina el cargo medieval del copero mayor, aquel alto funcionario responsable de ofrecer la copa a los soberanos, para adoptar el modelo borgoñón, un sistema mucho más normativo y jerárquico. En este marco surge el sumiller de corps, el único facultado para atender al monarca y uno de los individuos de mayor cercanía en palacio. Su labor no era meramente representativa: la supervisión del vino del rey se realizaba bajo un control riguroso, tanto por exigencias del protocolo como por motivos de seguridad.
De acuerdo con el testimonio profesional de Ferran Centelles, un referente en la difusión de la cultura del vino en España y antiguo sumiller de elBulli de Ferran Adrià, “lejos de interpretaciones etimológicas dudosas o relatos repetidos sin base documental, la existencia y funciones de esta figura quedan claramente recogidas en las ordenanzas del ducado de Borgoña, que Felipe II toma como referencia para organizar la vida en palacio; quien vuelva a decir que la palabra sumiller viene de ‘les vents de somme’ es para decirle cuatro cosas, aunque muchos lo hayan vendido así a la UNESCO”.
A cualquiera que repita que el vocablo sumiller deriva de ‘les vents de somme’ dan ganas de soltarle un buen sermón.
En efecto, esto queda plasmado en Las Ordonnances de l’Hôtel des ducs de Bourgogne, elaboradas en el siglo XVI, donde se estipulan con rigor las pautas que controlaban el suministro de vino en la corte: “Que ni el escanciador ni el sumiller de la escanciadoría puedan introducir en la bodega vinos de otros señores para su gasto particular”.
La regulación no se detenía ahí. El documento deja claro que el vino era un bien controlado por orden expresa del poder, limitado en cantidad y sometido a un estricto sistema de autorización diaria: “Asimismo, que ningún vino sea entregado ni dado, sino por ordenanza y mandato, y que la cantidad de vino entregada no pueda exceder de sesenta lotes al día”.
Caldos de Alicante para el palacio galo.
Estas disposiciones permiten entender hasta qué punto el vino formaba parte del engranaje político y doméstico de la monarquía. No se trataba de un simple acompañamiento en la mesa, sino de un elemento cuidadosamente administrado, cuya gestión estaba reservada a figuras de absoluta confianza.
Ante la creencia que por largo tiempo ha señalado a Hungría como el suministrador de Luis XIV, los legajos muestran con nitidez que el caldo que verdaderamente se le servía era el de Alicante. La crónica, en esta situación, no se edifica sobre el renombre tardío ni sobre la leyenda recurrente, sino sobre la prueba documental.
Contrario a la narrativa que por mucho tiempo ha otorgado a Hungría el rol de suministrador de Luis XIV, los registros muestran que el caldo que recibía procedía de Alicante.
De hecho, en El jornal de las enfermedades del rey de 1715, redactado por Hyacinthe de Vigier, médico personal del rey Sol —como era conocido el soberano francés—, se detalla con precisión el uso del vino de Alicante como elixir en los últimos días de vida del monarca: “La mañana de aquel jueves pareció con más fuerzas, y apareció incluso algún rayo de mejoría que fue creciendo sin cesar; y la noticia corrió por todas partes. El rey llegó incluso a comer dos pequeñas galletas mojadas en un poco de vino de Alicante, con cierta clase de apetito”.
Y más adelante, el mismo documento insiste en el carácter casi medicinal de aquel vino, administrado en pequeñas dosis como último recurso terapéutico: “Así pues, se le dieron al rey diez gotas de este elixir en vino de Alicante, hacia las once de la mañana. Al cabo de un tiempo se encontró más fuerte, pero como el pulso volvió a caer y se volvió malo, se le administró otra dosis hacia las cuatro, diciéndole que era para devolverlo a la vida. Él respondió, tomando el vaso en el que estaba: ‘¡A la vida o la muerte! Todo lo que plazca a Dios’”.
Por esta razón, el relato del vino español no tiene por qué recurrir a mitos de terceros ni luchar con historias pretenciosas. Se halla documentado en reglamentos, anales, textos literarios y hasta en las anotaciones sanitarias de un soberano extranjero. Rueda, Cariñena y Alicante no fueron puntos de menor importancia en la Europa vitivinícola, sino regiones clave en la existencia habitual de la monarquía.
Saber qué bebían los reyes no es un ejercicio de curiosidad anecdótica, sino una forma de entender que el vino ha sido, durante siglos, infraestructura política, símbolo de confianza y hasta remedio último frente a la muerte. Y quizá ahí resida lo más interesante de por qué nos gusta tanto el vino —además de por su virtud innegociable para sentarnos alrededor de una mesa con una buena charla—; quizá sea que detrás de cada copa hay mucho más que aromas y matices.
Hay documentos, maravedíes, leyes y figuras de confianza en palacio. El vino, antes que relato, fue realidad. Y esa realidad -con nombres propios, fechas y textos conservados- sigue hoy al alcance de quien quiera leerla, comprenderla y brindar con ella.



