La falta de acierto del Barça en los dos últimos partidos, sobre todo de cara a la portería contraría, junto con los desajustes en el vertiginoso sistema defensivo, quien sabe si por falta de concentración en la última línea o por falta de agresividad en la presión, han provocado dos duras derrotas en el conjunto de Flick. Pero lo interesante de la semana, para aquellos a quienes maravilla, fascina y al mismo tiempo desespera y deprime, la siempre enrevesada psicología blaugrana, ha sido reencontrarnos con la manera, nuestra, tradicional, engolosinada y ramplona, de afrontar las adversidades y las humillaciones. Me refiero a las que consideramos injustas, claro está, dile estafas, robos, errores o malas decisiones arbitrales.
A la mayoría de culés, y aquí oso extender la caricatura a la mayoría de catalanes y quien sabe, incluso a la mayoría de occidentales, o sea que quizá me encuentro ante una calidad o lacra cristiana, y no tanto estrictamente meridional, siempre nos preocupa mucho más que alguien se pueda llevar una mala imagen de nosotros, que no combatir la injusticia, por rigurosa y cruel que se despatarre sobre nuestro día a día. Preferimos ir por el mundo inmaculados de sospecha, aunque sean cardados hasta las sienes, que no tranquilos, satisfechos y liberados, pero con una insoportable lámpara por la vergüenza del qué dirán encima.
A la mayoría de culés nos preocupa no dejar una mala imagen antes que combatir la injusticia
En conversaciones con amigos y familia, on line o en la barra del bar, a quien estos días no haya hecho uso reiterativo de la fórmula “una cosa no quita la otra” para decir que de acuerdo, el Barça no jugó bien, pero que, “una cosa no quita la otra”, el arbitraje fue un escándalo mayúsculo, es que no ha abierto boca.
Yo he acudido a la fórmula, lo reconozco, hasta que me ha reventado el cerebro. Y acto seguido, no me lo tengáis en cuenta, he venido aquí, a este rinconcito del diario, para seguir dando tumbos. Claro está, me ha venido a la cabeza aquello tan común de Unamuno sobre los levantinos y la estética, que dice que nos pierde. Pero también aquello de Bakunin, ahora que por fin podemos disfrutar de una traducción directa al catalán de Dios y el Estado , sobre el hecho de que no tener prejuicios debe ser el principal prejuicio burgués. Por muy civilizados que nos vemos a nosotros mismos, estamos tan cargados de puñetas como el que más tiene.
Perder porque has jugado mal es desagradable. Pero es mucho peor perder porque, además, te han estafado. Es peor porque vuelves a casa con doble ración de deberes: tienes que mejorar el rendimiento, que depende de ti, pero también tendrás que plantar cara, y eso ya no depende de ti.
Una cosa es una cosa, la otra es la otra. Pero este tipo de puñeta, rollo, bagatela, parida, ganga, mandanga, película o historia, es típicamente nuestro.