Frank Muñoz, el campeón del kickboxing que se preparó para morir tras un ictus

Vuelta y Vuelta

“Cómo olvidar ese día”, dice Frank Muñoz mientras viaja al 21 de noviembre, el día en el que se derrumbó en la escuela de su hija

Frank Muñoz, tras uno de sus combates

Frank Muñoz, en el 2013 en Galati (Rumanía), cuando se proclamó campeón mundial de Superkombat en kickboxing 

LV

La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos

Antonio Machado

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–¿Cómo olvidar aquel día? –me dice Frank Muñoz (42).

Y rebobinamos hasta aquel día.

Como quien dice, hasta hace cuatro días, hasta el 21 de noviembre del año pasado.

El 21 de noviembre, Frank Muñoz tenía el día libre (es policía local en Ciutadella, en Menorca) y había acompañado a Keyra, su hija de tres años, a la escuela. Llovía y Yolanda, su mujer, se había quedado en el coche, a la puerta del colegio, y Muñoz, grandullón, 1,95m y 95 kilos, había tomado de la manita a la criatura mientras le decía a la madre: “Ahora vuelvo”.

(Y cuando el hombre volviese, ambos se irían al supermercado, a por la compra semanal).

–Entregué a la niña a Neus, la profesora, y al darme la vuelta, sentí que me fallaba la parte derecha del cuerpo. Y Neus me preguntó: ‘¿Qué te pasa?’. Y yo ya no podía hablar. Se me empezó a torcer la boca, salivaba...

–¿Y qué pasó?

–Vinieron más profesores, me tumbaron. Yo lo veía todo, pero no podía reaccionar, no podía mover la mano derecha. Pude pedir que llamaran al 061 y también a mi mujer. Tuve fuerzas para desbloquear el móvil con mi cara. Yolanda vino y cuando le vi el gesto, me derrumbé. Vi el pánico en ella, nunca la había visto así. Y allí comprendí que aquello no era una broma.

Frank Muñoz abraza a Keyra, su hija de tres años, en el hospital de Maó

Frank Muñoz abraza a Keyra, su hija de tres años, en el hospital de Maó 

LV

–¿Sintió que se iba?

–Aparecieron los médicos con los electrodos para chequear el pulso. Me inyectaron un suero, activaron el protocolo ictus. Me dije: ‘Pues hasta aquí he llegado’. Me preparé para morirme mientras oía a mi hija allí al fondo, jugueteando con otros niños dentro de su aula, ajena a todo.

–¿Y qué sentía en ese momento?

–Ni miedo ni dolor. Solo mucha rabia e impotencia por acabar tan pronto y no ver crecer a Keyra. Una ambulancia me llevó a Maó, a 45 kilómetros. Y desde allí, helicóptero a Palma. De esto ya no recuerdo nada. Lo que sé, me lo han contado.

‘Hasta aquí he llegado’, me dije mientras oía a mi hija jugueteando con otros niños, en su aula, ajena a todo”

Frank MuñozEx luchador de kickboxing

–¿Y qué le contaron?

–Que me operaron de inmediato. Me insertaron un catéter por la ingle. También tenía coágulos de sangre, dos en el cerebro y otro en la carótida. La sangre no subía. Me moría. El catéter desbloqueó los coágulos. Desperté en la UCI, a solas. Estaba sin dolor y tranquilo pero volví a asustarme cuando vino la enfermera y seguía sin poder decirle nada, ni mover las manos ni la pierna derecha. Me decía: ‘Estoy realmente jodido’.

Luego entró la doctora. Le dio el diagnóstico: ictus isquémico.

Le dijo: “No sabemos cuánto tardarás en recuperarte, calcula que será un año o más de rehabilitación”.

–Y luego entraron mi mujer y mi padre. Lloré. Yo había sido un tipo activo y deportista y ahora no era capaz ni de ir al baño.

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El pasado le avala.

En otros tiempos, Frank Muñoz había sido un tipo muy importante en el kickboxing y el boxeo tailandés, un profesional que se había formado en el gimnasio Esport Rogent del inolvidable Xavi Moya (DEP), en Barcelona, antes de emigrar a Ámsterdam para impulsar su carrera y acumular títulos mundiales y europeos (“en España había pocos pesos pesados, me estancaba por falta de rivales”, me cuenta más tarde).

–Me pusieron un terapeuta para reaprender a vestirme y comer. Y un logopeda, porque se me juntaban las letras. Una parte de mi cerebro ha muerto definitivamente. Las partes vivas deben hacer aquellas funciones que no hacen las muertas, pero debes entrenarlas.

Frank Muñoz, convaleciente en el hospital de Maó, en noviembre

Frank Muñoz, convaleciente en el hospital de Maó, en noviembre 

LV

La recuperación fue muy buena. Enseguida cogía el tenedor, crecía la movilidad en las manos.

–Pasé tres semanas en el hospital pero cuando vi que podía caminar un poco, me puse conmigo mismo: aparte de deportista, soy entrenador personal. Volví a Menorca. En Navidades contraté a un fisioterapeuta, iba tres veces por semana. Trabajamos mucho y a las dos semanas y media ya corría en la cinta. El 12 de enero, un mes y medio después del ictus, el médico me dio el alta.

–¿Y ahora?

–Ya trabajo como policía. Increíble, hace poco tiempo era casi un vegetal.

–Su pasado como deportista, ¿tuvo algo que ver en esta recuperación?

–¡Por supuesto! Me la tomé como la preparación para un combate. Le he ganado ese combate a la muerte. Ahora ya sueño con volver al jiu jitsu, donde no hay contacto. Al fin y al cabo, los golpes no son buenos para el cuerpo.

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