Las Claves
- Estados Unidos arrestó a Nicolás Maduro para asegurar la explotación de petróleo y ejercer un mando absoluto sobre el hemisferio occidental.
- Donald Trump exige a Dinamarca
Al ser interrogado Marco Rubio acerca de la futura organización de votaciones transparentes en Venezuela, esbozó una pequeña mueca que reflejaba una mezcla de extrañeza y desconcierto. Estados Unidos acababa de arrestar al presidente Nicolás Maduro y a su mujer tras una rápida intervención castrense, pero no se había trazado una hoja de ruta para derrocar al sistema chavista ni devolver la democracia. Al revés, el secretario de Estado de EE.UU. Debió aceptar que los planes próximos de Washington no contemplaban el relevo institucional en Venezuela -el presidente Donald Trump ya había despreciado ante el público a la disidencia democrática de ese país- y admitió que su propósito consistía en negociar con la cúpula de Caracas para salvaguardar sus intereses económicos y políticos. Eso sí, con un garrote en la mano.
La intención primordial de Estados Unidos -Trump lo manifestó reiteradamente- es conseguir la explotación del crudo de Venezuela, el territorio con las mayores existencias de petróleo del mundo (tasadas en cerca de 300.000 millones de barriles), cuya generación y ventas al exterior han caído por negligencia propia y por el cerco marítimo norteamericano. Y, más allá de eso, fijar las normas y demostrar a todo el planeta, y especialmente a América Latina, que EE.UU. Busca ejercer un mando absoluto sobre el territorio americano. Ese hemisferio occidental que Washington reclama para sí en una actualización de la doctrina Monroe y donde -por cierto- también se ubica Groenlandia.
La atención hacia Groenlandia fue manifestada por Donald Trump durante su gestión inicial, al comunicar su deseo de adquirir el territorio a Dinamarca (una iniciativa que EE.UU. Ya pretendió en el siglo XIX y tras concluir la Segunda Guerra Mundial). No obstante, aquello que entonces se desestimó como una boutade ha tomado matices bastante más urgentes durante esta segunda administración. La exigencia se incrementó de forma notable poco antes de Navidad, cuando el mandatario estadounidense designó formalmente a un enviado especial para Groenlandia, Jeff Landry, gobernador republicano de Luisiana (una región comprada en 1803 a Francia, en lo que resulta un llamativo y tal vez fortuito recordatorio histórico). Y esta situación se ha acentuado tras la victoriosa intervención armada en Venezuela.
Envalentonado por el orgullo después de exhibir la fuerza bélica de EE.UU. -en una maniobra táctica llamativa aunque de repercusión restringida, conviene señalarlo-, Trump situó a Dinamarca en el centro de la polémica. “Necesitamos Groenlandia desde el punto de vista de la seguridad nacional”, afirmó el lunes, mientras establecía un plazo de dos meses para solucionar el asunto. Más tarde, en una charla con The New York Times rechazó todo pacto de colaboración que no implique ceder a EE.UU. La “propiedad” del territorio insular, al que tildó de “psicológicamente necesaria” (sic).
Un convenio de defensa de 1951 ya faculta a EE.UU. A posicionar fuerzas y equipo militar en Groenlandia.
La justificación basada en la protección resulta totalmente engañosa. Resulta innegable que el Ártico ha pasado a ser una zona codiciada por las naciones más influyentes -desde Rusia, nación limítrofe, hasta China- debido a las posibilidades que el calentamiento global y el deshielo constante brindan para crear corredores de navegación inéditos. En consecuencia, se ha transformado en un foco de conflictos estratégicos internacionales. No obstante, Groenlandia no representa un lugar desconocido para Washington. Dinamarca no únicamente actúa como socio de Estados Unidos dentro de la OTAN, sino que ambas naciones mantienen un acuerdo defensivo desde 1951 que otorga a los estadounidenses plena libertad para situar soldados y equipamiento bélico en dicho enclave. En el presente, únicamente mantienen en funcionamiento la instalación de Pittufik, destinada a la detección de proyectiles sobre el Polo Norte, contando con un personal de 150 militares. Si su despliegue no es superior -habiendo alcanzado previamente los 15.000 integrantes-, se debe a que clausuraron casi todos sus centros operativos al concluir la guerra fría. Confiaron en que se había alcanzado el fin de la Historia.
Un elemento adicional de atención, ajeno a lo psicológico y que Trump no ha señalado todavía, reside en las materias primas que Groenlandia podría suministrar a medida que el deshielo progrese, abarcando desde posibles depósitos de gas natural y crudo hasta relevantes concentraciones minerales, incluyendo las valoradas tierras raras. La rentabilidad financiera de extraer tales tesoros aún no resulta evidente. “China controla los precios. Estos minerales críticos, las tierras raras, se venden a precios extremadamente bajos. Por lo tanto, la viabilidad económica no está aún justificada”, comentó Nick Bæk Heilmann, integrante de la firma Kaya Partners con presencia en la región, dentro de un briefing online perteneciente al Global Strategic Communications Council (GSCC). No obstante, aunque no sea rentable en términos monetarios, podría serlo en el plano geopolítico, considerando la subordinación global vigente hacia la industria de China (60% de la minería y 90% del procesamiento).
Para lograr su propósito, la Casa Blanca analiza diversas alternativas. Estas van desde la compra de Groenlandia al Gobierno danés -el cual ya ha señalado que el territorio no está en venta- hasta intentar captar a la población autóctona -cerca de 57.000 habitantes, en su mayor parte de etnia inuit- abonando a cada residente hasta 100.000 dólares para fomentar la secesión y que asuman la soberanía norteamericana, bajo la figura de un Estado asociado. Vinculada a la corona danesa desde hace centurias, Groenlandia posee el estatus de territorio autónomo desde 1979 y en 1985 determinó mediante referéndum permanecer fuera de la UE (con la intención de salvaguardar el control de sus recursos pesqueros).
Si estos procedimientos no arrojan resultados —el secretario Marco Rubio viajará la semana que viene a Dinamarca para tratar la cuestión—, Washington no descarta como medida final capturar la isla por la fuerza. Trump lo ha sugerido en ciertos momentos y el subjefe de gabinete de la Casa Blanca, Stephen Miller, lo manifestó esta semana con total crudeza: “Nadie combatirá contra Estados Unidos por el futuro de Groenlandia”, pronosticó, poco después de que su esposa, Katie Miller, publicara en las plataformas sociales un mapa de Groenlandia con la enseña estadounidense y el vocablo “Pronto”… Copenhague y las otras sedes europeas se mostraron impactadas.
Vista parcial de Nuuk, capital de Groenlandia
Prácticamente la totalidad de las agrupaciones delictivas han comenzado de forma idéntica. Antes de incursionar en el juego, la prostitución o los estupefacientes, su labor primordial era el chantaje: percibir dinero a cambio de protección. A quien rehusaba acatar, un día cualquiera le quebraban las piernas, funcionando como una lección individual y pública. Con Donald Trump asumiendo la función de padrino, la diplomacia norteamericana guarda parecido con el proceder de la mafia. Dicha presión comenzó primero con el establecimiento injustificado de tasas aduaneras —a veces con objetivos financieros y otras veces estratégicos— y hoy ha avanzado hacia una etapa superior mediante el uso descontrolado de la capacidad bélica, situándose fuera y por encima de cualquier legalidad. A Nicolás Maduro le han fracturado metafóricamente las piernas como una advertencia para la comunidad global.
Aún conmocionada, la mandataria danesa, Mette Frederiksen, exhortó a EE.UU. A desistir de sus intimidaciones y deseos de anexión, ratificando que ni Dinamarca ni la propia Groenlandia —según subrayó también el líder de la isla, Jens-Frederik Nielsen— tienen intención de traspasar el territorio. Frederiksen fue más lejos ante la postura hostil de Washington, avisando que “si Estados Unidos ataca a otro país de la OTAN, todo se acaba”. Aquello suponía una realidad inevitable: la Alianza Atlántica se fragmentaría definitivamente. Poco más tarde, en su conversación con el New York Times, Trump —cuyo desdén hacia la OTAN es bien sabido— no rechazó que EE.UU. Deba afrontar la “disyuntiva” de anexionar Groenlandia a pesar de poner en riesgo la Alianza. ¿Pretende Trump verdaderamente distanciarse de sus aliados o es solo una táctica para amedrentar a los europeos?
El asombro es enorme en Europa. Tras la confusión de los primeros momentos y el evidente silencio de ciertos mandatarios -la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, apenas realizó una mención indirecta y el neerlandés Mark Rutte, secretario general de la OTAN, todavía no se ha pronunciado al respecto-, los testimonios iniciales han comenzado a surgir. El presidente del Consejo Europeo, António Costa, recalcó con firmeza que “Nada se puede decidir sobre Dinamarca ni sobre Groenlandia sin Dinamarca, o sin Groenlandia”. E indicó además: “La Unión Europea no puede aceptar violaciones del derecho internacional, ya sea en Chipre, América Latina, Groenlandia, Ucrania o Gaza”.
De manera similar, los jefes de Estado o de Gobierno de Alemania, Friedrich Merz; España, Pedro Sánchez; Francia, Emmanuel Macron; Italia, Giorgia Meloni; Polonia, Donald Tusk; Reino Unido, Keir Starmer, y la propia Dinamarca, publicaron el martes una nota en la que, con un estilo decidido aunque prudente, ratificaron que “la seguridad en el Ártico debe lograrse colectivamente, en colaboración con los aliados de la OTAN, incluido Estados Unidos, defendiendo los principios de la Carta de las Naciones Unidas, como la soberanía, la integridad territorial y la inviolabilidad de las fronteras”. Macron, que ha tardado algo en mostrar el sentimiento gaullista que todo ciudadano de Francia lleva dentro, fue más allá el jueves reprobando “la agresividad neocolonial de algunos”.
El episodio de Groenlandia, junto a la actitud desafiante de Donald Trump, ratifica el rotundo descalabro de la estrategia de complacencia y subordinación que Europa ha mantenido ante las provocaciones del actual Gobierno estadounidense. ¡Cualquier sacrificio con tal de preservar el vínculo con EE.UU.! No obstante, Trump, quien concibe las relaciones internacionales como un ejercicio de poder, no ha valorado este gesto en absoluto. Por el contrario, lo ha interpretado como la evidencia final de la fragilidad de la UE. Hasta el momento, los representantes europeos —Bruselas y sus sedes de gobierno más relevantes— han actuado de forma débil y temerosa. ¿Representará Groenlandia el cambio de rumbo necesario para que los mandatarios de Europa reaccionen de una vez por todas?
Incursión a la inversa. Centrado en afianzar su poder en Groenlandia y Venezuela, además de Colombia y México —sin dejar de lado a Canadá, a quien tiene algo descuidado últimamente—, tal vez Donald Trump no haya notado suficientemente la expansión europea en su estimado hemisferio occidental que representa la rúbrica del pacto mercantil entre la UE y los integrantes del Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), que originará un mercado libre de más de 700 millones de clientes. Tras 25 años de retrasos y bloqueos, las 27 naciones de la Unión aprobaron ayer la firma del tratado, que podría sellarse la próxima semana. No se trató de una resolución simple ni unánime. El respaldo de Italia —convencida tras lograr nuevas protecciones y fondos comunitarios para los productores— permitió alcanzar la mayoría cualificada necesaria para validar el tratado, a pesar de la negativa de Francia, Hungría, Polonia, Austria e Irlanda, y las constantes quejas que ha generado entre los agricultores de diversos países de Europa. El compromiso cuenta, potencialmente, con ganadores y perdedores. Entre los primeros se encuentra la industria, aunque también ciertas explotaciones agrarias.
Ucrania como telón de fondo. Un factor determinante en la postura dócil y complaciente de los mandatarios de Europa hacia Trump ha sido el empeño por impedir que EE.UU. Abandone su implicación en la contienda de Ucrania o que, incluso, respalde totalmente la visión de Rusia acerca de la disputa. Con el apoyo de EE.UU. A Kyiv casi desaparecido, recayendo la carga exclusivamente sobre Europa —obligada asimismo a adquirir armamento a EE.UU.—, la meta fundamental consiste en lograr que Washington garantice la protección de Ucrania ante futuras agresiones de Rusia en cualquier negociación de paz. Durante el lunes, en una reunión mantenida en París mantenida entre los líderes de Europa, el mandatario Volodímir Zelenski y los delegados de Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, los portavoces de EE.UU. Admitieron que Washington vigile un posible cese al fuego, respalde el envío de fuerzas internacionales, especialmente francesas y británicas, y actúe como protector definitivo de Kyiv. No obstante, por el momento, dicha disposición plasmada por escrito continúa resultando bastante imprecisa.


