“La Rusia feliz se acabó”

Cuatro años de conflicto en Ucrania

La propaganda del Kremlin y el patriotismo ganan la partida a la inflación, las sanciones y el bloqueo de redes sociales

ST. PETERSBURG (Russian Federation), 21/02/2026.- People visit a Maslenitsa (Shrovetide) festival at the Steel Trooper tank park in St. Petersburg, Russia, 21 February 2026. The Maslenitsa festival, which originates from Slavic mythology and marks the end of winter and the arrival of spring, takes place this year from 16 to 22 February 2026. It is usually celebrated in the last week before the Great Lent. (Rusia, San Petersburgo, San Petersburgo) EFE/EPA/ANATOLY MALTSEV

Reliquias de la Segunda Guerra Mundial expuestas en un parque de San Petersburgo, concurrido ayer por un festival de Adviento

ANATOLY MALTSEV / EFE

Del estado de shock a la resignación de la soledad ideológica. “Desperté pronto y pude escuchar el anuncio de Vladímir Putin. No podía creerme que Rusia atacase de verdad a Ucrania, un pueblo con el que teníamos lazos fraternales, familiares”, dice Alionka (nombre cambiado), una moscovita simpatizante de la oposición, recordando aquel 24 de febrero del 2022, cuando el presidente ruso ordenó a su ejército entrar en Ucrania y comenzó el conflicto armado más grave en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

Esta mujer, que vivió la mitad de su vida en la Unión Soviética cuando Rusia y Ucrania formaban parte de un solo país, vio poco a poco cómo esa decisión comenzó a afectar toda su vida. “La mayor parte de mis conocidos lo apoyaban. Hay quien no ha querido ir a una reunión de amigos porque estaba yo, para evitar discusiones desagradables”, se lamenta.

Una experiencia similar comparte Iván. Este profesional, cuyo trabajo consiste en relacionarse con otras personas, dice haber notado que se alejan de él por sus ideas. “Hay gente que ahora no quiere verme porque antes de todo esto había dicho que no me gustaba nuestro sistema político”, recuerda, aún con sorpresa.

Aunque la fatiga de los rusos con la guerra es difícil de medir debido al control de los medios y la represión a toda crítica a la guerra, las encuestas dicen que la mayoría espera que termine este año.

Según publicó en diciembre el Centro de Estudios de la Opinión Pública (VTsIOM), el 70% cree que el 2026 será más “exitoso” que el año anterior, y el 55% lo asocia al posible fin de lo que oficialmente Rusia llama “operación militar especial”, aunque cumpliendo los objetivos del Kremlin. El centro independiente sociológico Levada indica en otra muestra que dos tercios de los rusos apoyan las negociaciones de paz, el mayor porcentaje en cuatro años.

La mayoría de los rusos confía en que la guerra termine este año y dos tercios apoyan las negociaciones de paz

Pena y resignación es lo que también siente John Ivanov, un expatriado al que hemos cambiado el nombre, como a todos los entrevistados para este reportaje. “Recuerdo que estaba despierto porque ese día había tenido que trabajar en la oficina. No me podía creer que los rusos, que habían conseguido limpiar hacía poco su imagen tras la demonización de la época soviética, lo tirasen todo por la borda. Con esa decisión, se terminó la Rusia feliz, la Rusia por la que yo vine a este país”, comenta. Y apunta que el clímax de esa Rusia feliz, “integrada y conectada con Europa”, fue la Copa del Mundo de fútbol del 2018, con miles de aficionados de todas partes en las calles de Moscú.

La guerra y las sanciones han hecho esos intercambios menos posibles por las dificultades de viajar al extranjero, sobre todo a los países europeos. Estos conceden hoy menos visados a los ciudadanos rusos, y los vuelos directos están suspendidos, así que hay que ir a través de terceros países, como Turquía, los Emiratos, Qatar o Marruecos. Eso alarga el desplazamiento y eleva los precios. Como contrapartida, Moscú ha desarrollado el turismo interior. “Pero es también muy caro. Todo ha subido mucho. Para el último viaje que hice con mi marido, un crucero fluvial por el Volga, tuvimos que dedicar mucho más que lo que recibimos de pensión al mes”, recuerda Alionka.

El control de la inflación es una de las prioridades de la política del Kremlin en su intención de que los rusos no sientan el impacto de la guerra. En diciembre del 2024 era del 9,5%, y un año después, del 6%, lo que en Moscú consideran un éxito. El objetivo del Banco Central de Rusia es el 4%.

Ludmila, una jubilada que apoya convencida la intervención militar en Ucrania “para defender a Rusia”, admite que “todo ha subido de precio”, pero no lo asocia a la guerra. “Antes, a principios de cada año, todo también se volvía más caro”, asegura.

Entre el 2022 y el 2024, la economía rusa demostró una gran capacidad de resistencia, a pesar de que en Occidente se auguraba su colapso tras las primeras sanciones. “La economía rusa va camino de reducirse a la mitad”, predijo en marzo del 2022 el presidente de Estados Unidos, Joe Biden. En el 2022, el PIB real de Rusia cayó un 1,4%, pero creció más de un 4% en los dos años siguientes.

“Hay quien no viene a reuniones de amigos para no estar conmigo”, dice una simpatizante de la oposición

Ese crecimiento se fue frenando en el 2025 y ahora sufre un estancamiento. En parte, según un reciente informe del Servicio de Espionaje Exterior de Estonia, por la menor producción de petróleo, fuente de financiación clave para el Gobierno ruso.

Sin embargo, esa agencia estonia concluye que es improbable que haya un colapso. El precio futuro del petróleo puede ser decisivo, dicen los expertos. Si sigue bajando, Rusia tendrá que ajustarse el cinturón de veras. Si sube, contará con más recursos para mantener un gasto militar que actualmente supera el 7% de su PIB.

Para algunos, todo se ha encarecido mucho. “El sándwich que me tomaba para comer entre clases ahora cuesta dos o tres veces más que antes de la guerra”, dice Sonia, una joven de 18 años de primer año de universidad. Adolescente entonces, la noticia del inicio de la guerra la dejó indiferente. Ahora lo que le preocupa es que tendría que tomar un avión para ver en directo a sus cantantes favoritos, que se han instalado en otros países. “Mi sueño era ir a estos conciertos, pero ahora los celebran en los Emiratos, Turquía, España o Georgia”, explica.

Al inicio del conflicto, unas 170 figuras del mundo de la cultura se fueron de Rusia como signo de protesta. Entre ellas, Alla Pugachova, diva de la música pop desde los años ochenta, y la actriz Chulpán Jamátova, que participó en la película Good bye, Lenin! (2003). El escenario lo ocupan ahora otras figuras con un perfil pro Kremlin, como Shamán (Yaroslav Drónov), conocido por su pop patriótico, o Yura Borísov, con un destacado papel en la oscarizada Anora (2024).

Con internet como parte inseparable de su vida, Sonia ve que su uso se está complicando cada vez más. “Las aplicaciones extranjeras no aceptan tarjetas bancarias rusas. Tenemos que comprar en las tiendas online de aquí. Y por las restricciones a redes sociales, y ahora a Telegram y WhatsApp, unas veces funcionan, y otras, no. Así que no sabes si vas a poder seguir usándolas”, dice.

La economía rusa sufre estancamiento, pero está lejos del colapso pronosticado tras las primeras sanciones

Paralelamente a los combates en el frente, Rusia y Ucrania libran una batalla por la información. En Rusia, el Kremlin ha ganado esa pelea. A pesar de las dificultades económicas y de la represión de la oposición (incluida la muerte en prisión de su líder más destacado, Alexéi Navalni, hace dos años), Rusia ha logrado que la mayor parte de su población se agrupe en torno a una idea nacional. Este patriotismo ha frustrado en parte las esperanzas occidentales de que un colapso económico o un alto número de bajas minasen el apoyo a la guerra y a Putin.

Animados por la propaganda estatal, muchos rusos han desarrollado un sentimiento de orgullo. Para ellos, la guerra tiene una naturaleza defensiva y era inevitable. “No había más remedio que intervenir en Ucrania, porque en caso contrario la guerra [del Donbass] podía terminar llegando a nuestro territorio. Putin siempre ha dicho que es preferible golpear primero que defenderse”, asegura Galina Fiódorovna, ingeniera de profesión y asidua espectadora del principal programa propagandístico de la televisión, que presenta Vladímir Soloviov.

Por patriotismo, un sobrino de Alionka se alistó como voluntario y se fue al frente. “Ha vuelto vivo. Pero sin una pierna. Tiene 50 años. Es una desgracia”, lamenta.

Ni Rusia ni Ucrania ofrecen cifras de sus bajas. Pero centros de estudios, gobiernos y medios occidentales sí han dado estimaciones de las rusas. Según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), con sede en Washington, Moscú ha sufrido 1,2 millones de bajas, entre muertos, heridos y desaparecidos.

El Kremlin ha intentado que los rusos no sientan la guerra. Pero Kyiv se la ha puesto delante de los ojos. Ocupó ocho meses parte de la región de Kursk, y en los dos últimos años sus drones han golpeado repetidamente aeródromos rusos e instalaciones del sector petrolero, como las refinerías.

Moscú ha intentado evitar que los rusos sientan el impacto de la guerra, pero Kyiv se la ha puesto ante los ojos

El escaparate para mostrar que la vida sigue igual que antes es la capital. “En Moscú vemos la guerra por televisión. Se siente más en regiones como Briansk, Bélgorod o Kursk”, dice Ludmila, citando tres regiones fronterizas.

La guerra terminará algún día. ¿Cómo será y qué cambiará?, se preguntan los rusos. Alexánder Fain, que dirige la empresa de inversión A1, ha pronosticado en el periódico RBK que las empresas occidentales que se fueron de Rusia “volverán en tres o cinco años”, porque su marcha fue una decisión política y no comercial.

Pero hay visiones más pesimistas. “No creo que haya un acuerdo rápido. Y si lo hay, no se acabará del todo”, dice Galina Fiódorovna, quien cree posible que se declare una “operación antiterrorista”, como tras la segunda guerra de Chechenia, cuando la insurgencia siguió activa y los atentados duraron varios años. Tal vez la Rusia feliz tarde mucho en volver.

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