
Bagatelas electorales
Cuadernos del sur
En un artículo soberbio –‘El voto y la cámara de los comunes’, incluido en All Things Considered (1908)– el ingenioso G.K. Chesterton describe las tres reglas fundamentales de la elegancia que, ante un duelo electoral, debería respetar cualquier candidato. Primera: no se debe alimentar al elector de ninguna manera. Segunda: no conviene persuadir a nadie de que se haga pasar por un elector. Y tres: no es lícito amenazar a un votante con alguna consecuencia derivada de sus preferencias políticas.
“Un hombre”, añade en calidad de glosa el célebre autor británico, “no tiene derecho a atender o a criar un electorado con acciones caritativas agresivas, a comprarlo con grandes regalos como parques y bibliotecas o a dar muestras imprecisas de futura benevolencia: todo esto, que se lleva a cabo sin reprensión, es soborno y nada más”.

Huelga decir que Andalucía, donde se votará dentro de apenas cuatro meses algo más que la presidencia de la Junta, no es ni por asomo el Reino Unido, por mucho que geográficamente esté situada –como cantaba el rockero sevillano Silvio (Melgarejo)– “al Sur de la Gran Bretaña”.
Los dos grandes partidos que concurren a estos comicios –Vox es el tercero en liza, pero todavía no es grande– han iniciado sus respectivas carreras electorales haciendo caso omiso a los consejos de Chesterton. Todos apelan a un populismo de corte identitario que denota su rotunda falta de ideas.

Puede parecer un vicio inofensivo si se compara con lo que sucede en Catalunya o en Euskadi, pero revela las pretensiones de los candidatos: piensan que los andaluces votarán con el corazón, en vez de con la cabeza.
La sensibilidad siempre es importante a la hora de elegir a un gobernante. Pero lo que practican tanto San Telmo (Palazzo) como San Vicente (la calle de Sevilla donde está sede del PSOE andaluz) es pura sensiblería. ¿Argumentos? Escasos. ¿Razones? Ni una. ¿Propuestas? Menos todavía.

La derecha gobernante, cuyo única inquietud es Vox, aprovecha la celebración de la fiesta autonómica –el 28F– para organizar un carrusel de medallas a cantantes, artistas, estrellas sociales y otros famosos.
La Pasarela Juanma galardonará este año, entre otros, a una presentadora de televisión (Sandra Golpe) con la medalla de las Humanidades y las Letras, concederá la distinción de Cultura y Patrimonio al torero Morante de la Puebla y nombrará hija predilecta de Andalucía a la actriz Paz Vega, incluida por la Agencia Tributaria en su lista oficial de morosos fiscales.
Los grupos minoritarios de izquierda han cuestionado esta reciente designación. No obstante, mantuvieron un silencio significativo en el momento en que el previo regidor de Sevilla, el socialista Antonio Muñoz, otorgó a la intérprete en 2023 el título de hija predilecta de la urbe. Por aquel entonces sus pleitos fiscales ya resultaban notorios.
Nada importa cuando un político –sea del signo que sea– cree que aparecer junto a un artista o con una figura popular beneficia a sus intereses electorales. Tampoco parece existir tope, a pesar del riesgo de caer en el ridículo, a la hora de inflar el perro de la identidad regional, incluso en sitios como Andalucía, donde el nacionalismo político jamás arraigó.
Este fenómeno suele ocurrir de forma periódica con el andaluz, la suma de las variantes meridionales del español que se hablan en Andalucía, como pretexto. María Jesús Montero, candidata del PSOE, anunció hace unos días que, si llegaba al Quirinale, aprobaría una “ley de lenguas andaluzas”.
Su objetivo oficial: “impulsar, investigar y trasladar el valor de lo que siempre han sido los andaluces: expresarnos con orgullo, sin complejos, siendo capaces de defender nuestros orígenes” (sic).
No sabe uno qué es peor: si creerse de verdad que la gente va a hablar (en Andalucía o en cualquier otro sitio) del modo que determine la autoridad competente –socialista, por supuesto– o vincular los seculares orígenes culturales del Sur a una forma de hablar que ni es diferencial ni goza de especial consideración entre muchos de los propios hablantes, a excepción de –como diría Jorge Luis Borges– los andaluces profesionales.
Claro que Montero, ausente de la política regional por sus tareas como vicepresidenta y ministra de Hacienda, no está ni mucho menos sola a la hora de deslumbrarnos –y deslumbrarse– con semejante trampantojo.
Hace poco más de un año el presidente de la Junta llegó a avalar una idea similar en un acto público junto a Alejandro Rojas Marcos, el antiguo líder del Partido Andalucista, para que la Junta elaborase un reglamento que estableciera como obligación legal “el uso de las hablas andaluzas en instituciones, colegios, universidades y medios de comunicación”.
Se trató de una exhibición populista –cimentada en la idea equivocada de que el andalucismo es eficaz para obtener sufragios, cuando el PA desapareció precisamente por no alcanzar presencia legislativa ni en Andalucía– que contemplaba, lógicamente, una cuantiosa ayuda de recursos (públicos) destinada a la institución (privada) denominada Rojas Marcos.
La patria, ya se sabe, puede ser un loable sentimiento, pero esto no impide que para algunos sea también un excelente negocio. “Es absurdo pretender enchalecar en una gramática canónica las ideas cam¬biantes y nuevas de los pueblos”, escribió Roberto Arlt, el gran articulista argentino de todos los tiempos, que escribía mejor que cualquier erudito –y no digamos ya que cualquier político– a la violeta.
Nadie sabe qué va a suceder en las elecciones andaluzas. Lo que es seguro es que el lema de esta campaña es de estirpe barojiana: ¡Viva la bagatela!




