Longevity

Inés Villalón, 80 años: “El día que ya no tienes ganas de levantarte, ese día envejeces de verdad”

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Villalón participa en el programa de Reforç de la Memòria de la Fundació Catalunya La Pedrera

Su energía nace de una vida de trabajo, pérdidas y reinvención, pero también de una certeza: no envejecemos por los años, sino cuando dejamos de tener ganas de vivir y de sonreír

Inés Villalón, a sus 80 años. 

Inés Villalón, a sus 80 años. 

Cedida

“Soy bellotera y romana pura. Llevo un par de años en Barcelona y estoy muy contenta. Siempre digo que, esté donde esté, me adapto: al idioma, a las costumbres, a la gente. En todos los sitios hay cosas maravillosas, y si aprendes a apreciarlas, la vida te va mejor”. Así se presenta Inés Villalón Díez (Mérida, 1944), una mujer con una sonrisa contagiosa. 

Cuando le preguntas la edad, responde: “Ay, Dios mío… acabo de cumplir 80, pero tengo la edad que yo quiero”. Y esa edad, la que ella elige, se mide en duchas de agua fría cada mañana, en paseos por el barrio de Gràcia de Barcelona, en conversaciones con desconocidos en el Palau Robert o en croquetas que reparte entre sus compañeros del taller de memoria al que acude dos días a la semana.

Trabajó desde los 15 años caminando dos horas de madrugada para llegar a la fábrica. Crió a sus hijas tras separarse. Perdió a su hijo cuando tenía dos años, una herida que la transformó para siempre. Ha vivido en Mérida, Andorra y ahora en Barcelona, donde participa en el programa de Reforç de la Memòria de la Fundació Catalunya La Pedrera

Tiene un diagnóstico de deterioro cognitivo leve amnésico, y en su grupo es quien despierta a su compañera Gemma cuando se queda dormida, anima al que está triste y hace reír a todos. Dice que allí ha encontrado una familia. Y que el secreto de su vitalidad no está en los años, sino en la mentalidad, en la armonía con la gente, en las ganas de vivir. Porque envejecer, para Inés, no es dejar de hacer. Es dejar de querer.

¿Qué significa para usted cumplir años?

La edad no va con los años, va con la mentalidad, con las ganas de vivir, con la armonía que tengas con la gente y la familia. Para mí, la edad no existe. A veces pienso: “He vivido todos estos años... Pero ¿y los que no han podido vivirlos?”. Esa reflexión me recuerda que hay que aprovechar la vida cada día, desde que te levantas hasta que te acuestas. Y, sobre todo, vivir lo mejor posible sin hacer daño a nadie.

¿Cómo es un día en su vida?

Me levanto por la mañana y me ducho con agua fría, menos la cabeza. Me encanta esa sensación: me despeja, me da vitalidad, energía. Lo hago desde que vivía en Andorra. Luego salgo: los miércoles y viernes tengo taller de memoria, y si no, me voy a caminar por el Palau Robert o por Gràcia. Me gustan los jardines, hablar con la gente, distraerme, observar. Hay que estar activa. No por tener una edad te tienes que quedar en casa pensando que ya no puedes hacer cosas.

Aparte de la ducha fría, ¿tiene alguna rutina especial al levantarse?

Sí, me doy besos cada mañana. Me levanto, me voy al baño, hago lo que tengo que hacer y después me miro al espejo, me doy tres besos y me digo: “¡Qué guapa estás!”. Después me arreglo, me pongo guapa y me voy a caminar o al taller.

Cada mañana me miro al espejo, me doy tres besos y me digo: ‘¡Qué guapa estás!’

Inés Villalón

80 años

¿Qué hacen en el taller?

Es un taller de refuerzo de la memoria de la Fundació Catalunya La Pedrera. Hacemos muchas actividades diferentes. Al llegar el primer día, pensé: “Esto no es lo mío”. Yo estaba acostumbrada a moverme, a estar en la calle. Trabajé muchos años en seguros: visitaba empresas, hablaba con gente, tenía mucha actividad. Por eso, al principio me costó un poco. Pero después encontré algo muy bonito: una familia. Allí no se habla de enfermedades ni de problemas familiares; se va a pasarlo bien y a aprender. Y, además, cosas que se te olvidan, las recuerdan. Eso es precioso.

¿Ha hecho amistades en el grupo y siente que, además de recibir cariño y compañía, también aporta apoyo y ánimo a los demás?

Sí, he hecho amistades. Somos grupos pequeños, de diez u once personas como máximo. Llegas y te abrazan, te dan un beso, te preguntan cómo estás... Y eso te levanta el día. Pero también es importante lo que tú aportas. Yo animo mucho al grupo, con cariño y con humor. Recuerdo, por ejemplo, a Gemma, que a veces se dormía y yo la despertaba suavemente diciéndole: “Venga, que esto te interesa”. O a un señor que al principio estaba más tenso, más a la defensiva, y entre todos le hicimos entender que allí se venía a estar bien. No sé si es mi carácter o que siempre estoy sonriendo, pero la gente se acerca a mí y eso me sienta bien.

¿Cree que la prevención y el cuidado de la mente deberían tener más espacio en nuestra sociedad?

Sin duda. Ves a mucha gente mayor sentada, como apagada, y piensas que solo necesitan un poco de movimiento y de vida. No es solo la memoria: es hablar, escuchar, pensar, responder, estar atento. Yo, por ejemplo, claramente he notado cambios en positivo. Si no vengo, lo echo de menos. Me aporta mucho.

¿Qué le provoca la idea de perder la memoria?

Me parece muy triste. Porque ya no eres tú: dependes de los demás, se borra lo familiar, lo que has vivido. Perder eso es perderte a ti misma. Es una de las cosas que más respeto me da de envejecer. La memoria te da identidad, te conecta con lo vivido. Aunque recuerdes los momentos duros, también guarda cosas preciosas: amistades, risas, momentos compartidos. Yo aún conservo amigos de la infancia en Mérida y seguimos en contacto. Recordar nos da alegría. La memoria es un tesoro.

¿Es extremeña de nacimiento?

Sí, de Mérida. Bellotera y romana pura. Desde pequeña fui muy sociable, pero también muy responsable. Era la mayor de seis hermanos y, de alguna manera, hice de madre para todos. Empecé a trabajar muy joven: salía de madrugada y caminaba casi dos horas para llegar a la fábrica de hilatura. Atravesaba Mérida, cruzaba el puente romano... Y volvía de noche. Llegaba a casa, comía algo, dormía un poco y por la tarde estudiaba, porque quería ser contable. Y lo fui: trabajé toda la vida como administrativa.

¿De dónde cree que viene esa fuerza y esa forma tan abierta de relacionarse con los demás?

De mi madre, sin duda. Trabajaba día y noche como modista para sacarnos adelante. De ella aprendí a estar para los demás sin esperar nada a cambio. Me sale así, es mi manera de estar en la vida.

Después de Mérida, ¿dónde vivió?

En Andorra me trasladé con mi marido. Estuve allí 23 años. Él era mecánico, montador de máquinas textiles, y por trabajo iba a Extremadura. Nos conocimos y tuvimos un noviazgo de cinco años... Siempre por carta.

Me casé llevando una herida muy profunda de la infancia; sufrí abuso y viví una situación traumática con mi padre, pero en aquella época no se nombraba

Inés Villalón

80 años

Y se casó...

Sí, aunque me casé llevando una herida muy profunda de la infancia. Viví una situación traumática con mi padre, algo que en aquella época no se nombraba, ni se hablaba. Sufrí abuso. Fue muy duro, y aunque encontré fuerza para seguir adelante, esas vivencias se quedan dentro. Te marcan en la confianza, en las relaciones, en la forma de habitar tu propio cuerpo. Con los años he pensado que quizá mi madre lo intuía, pero no supo cómo actuar. Eran otros tiempos y muchas niñas pasaron por situaciones parecidas en silencio. Yo la perdoné, porque entendí sus límites, pero el recuerdo no desaparece del todo. Aprendes a vivir con él, a integrarlo en tu historia, sin que te defina por completo.

¿Cómo influyó eso en su vida de pareja?

Cuando te casas sin haber tenido una relación normal, con un noviazgo casi sin contacto físico, y encima llevas ese miedo dentro... Todo cuesta. A mí me costó. No tuve la confianza de explicarle lo que me pasaba. Y eso acabó afectando. Nos separamos, pero siempre hemos mantenido una buena relación. Tenemos dos hijas y por ellas siempre ha habido mucho respeto. Él es buena persona.

Hábleme de su familia.

Tengo dos hijas. Y tuve un niño... Que murió. Una hija vive en Gavà, es azafata de Iberia. La otra es contable y trabaja en la administración de un despacho de abogados en Barcelona. Me quieren mucho. Y mis nietos también. Yo siento que la vida, de alguna manera, me ha compensado con ellos.

¿Cómo se supera la muerte de un hijo?

Ha sido lo más duro de mi vida. Y todavía lo llevo dentro. Yo vivía en Sant Julià de Lòria, en Andorra, cuando murió. Subía cada día al cementerio. Y le hablaba: “¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me diste la alegría de ser madre y te fuiste con dos años?”. Un día, al bajar llorando, una vecina me vio y me dijo algo que me cambió: “¿Has visto la cara que llevas? Tu hijo siempre estará contigo”. Y al llegar a casa, lo sentí conmigo. Lo vi, con el tamaño de cuando murió, con dos años, pero con una voz de adulto. Y me dijo: “Mamá, yo estoy aquí, en ti. Cuando me eches de menos, háblame, que yo te escucho”.

¿Y qué le pasó después de esa experiencia?

Me sostuvo. Sentí que la vida es un ciclo: que vivimos, morimos y volvemos a vivir en otros lugares, en otras familias. No sé si es verdad, pero yo lo sentí profundamente, y eso me ayudó a vivir de otra manera. Aún hoy lo sigo sintiendo. A veces, cuando estoy triste o preocupada, noto como si una mano me tocara y me dijera: “Tranquila”. Miro y no hay nadie, pero la sensación está. No me obsesiono con ello. Yo lo vivo cuando aparece y luego lo dejo pasar. Y ahora, cuando miro a uno de mis nietos, muchas veces lo siento a él.

¿Cuántos nietos tiene?

Tengo tres. El mayor se llama Marc. Después está Abril, que tiene 19 años, y Oriol, que tiene 14, el que me trae loca —para bien—. Con los tres me pasa algo especial, sobre todo con el pequeño: hay momentos en los que siento que mi hijo está cerca. Es una sensación bonita, difícil de explicar. No sé si es mi manera de entender la vida o de darle sentido a lo que he vivido. Pero si sentirlo así me ayuda a seguir adelante y a vivir con más paz, bendito sea.

Siempre le ha gustado viajar y estar siempre activa…

Muchísimo. Hace unos años me recorrí España sola en coche. Fui a Huelva, crucé a Portugal, llegué hasta Oporto... Siempre guiada por la historia y la curiosidad. Me encantaba sentarme en las plazas de los pueblos y hablar con los vecinos. Te cuentan su vida, te recomiendan dónde dormir o qué visitar. Esa riqueza humana y cultural no cuesta dinero y es lo más bonito que hay: la gente y todo lo que te enseña.

Hace unos años me recorrí España sola en coche; me encantaba sentarme en las plazas de los pueblos y hablar con los vecinos

Inés Villalón

80 años

¿Cómo le gusta que la recuerden?

Como una amiga. Como alguien cercano, a quien se le puede contar un problema. Me gusta ser un apoyo, una persona familiar. Si alguien está triste, que sienta que puede confiar en mí. Eso para mí es importante.

¿Le da miedo la muerte?

No, solo me da miedo morirme y no volver a ver a mis hijas y a mis nietos. Una vez tuve una visión: caminaba por un sendero y abajo había un valle precioso. Había personas de todas las edades avanzando tranquilas. Pensé: esto continúa. Desde entonces no tengo miedo.

Para usted, ¿qué significa envejecer bien?

Seguir teniendo ilusión y proyectos. El día que ya no tienes ganas de levantarte ni de hacer nada, ese día envejeces de verdad. Mientras tanto, hay que vivir. Cada día, con alegría y con ganas. Hasta el final.