La resistencia neoliberal y el populismo libertariano

La ventana indiscreta

La resistencia neoliberal y el populismo libertariano
Adjunto al director

El régimen neoliberal vive en estado de acoso permanente. Y aunque el Tribunal Supremo de EE.UU. Le ha dado un respiro temporal, revocando los aranceles de Donald Trump y recordándole que existe un ordenamiento constitucional que, salvo golpe de Estado o equivalente, continua teóricamente vigente. ¿Es el canto del cisne del viejo orden? Antes de este último giro judicial, la batalla entre el sistema neoliberal y el naciente libertarismo autoritario, disfrazado de populismo de derecha extrema, se había centrado en los bancos centrales. El pilar más sólido del neoliberalismo.

Paradojas de la historia, aunque las críticas más duras a esos guardianes del templo del dinero siempre han venido de la izquierda, al tratarse de instituciones públicas esenciales de la economía (y por tanto de la vida social) dirigidas por personas escogidas al margen de los procesos democráticos, es la derecha extrema, en sus variopintas variantes, la que está cerca de clavarles la estocada más grave. Puntualización: estos nuevos bárbaros no aspiran solo a acabar con el neoliberalismo; en el mismo paquete llevan derruir definitivamente el Estado de bienestar y cualquier atisbo de sociedad democrática.

Los gobiernos de los principales países europeos están implicándose a fondo para blindar el BCE ante la ofensiva que se le viene encima; anticipándose, pero también haciendo concesiones, intentando salvar algo de las viejas prácticas. El neoliberalismo y libertarianos y autoritarios se oponen, pero no de manera ­absoluta; al final, podrían llegar a un acuerdo.

Los bancos centrales de los países desarrollados son piezas básicas del modelo neoliberal vigente desde el fin del keynesianismo y la creación del modelo de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Una de las últimas trincheras frente a los embates del nuevo orden económico, sobre los bancos centrales pivota el herido mundo globalizado, tanto el comercial como el financiero. Aseguran el flujo mundial de capitales y los beneficios del sector financiero. Ellos pusieron la primera piedra del neoliberalismo. El nuevo orden comenzó en 1979 con el nombramiento de Paul Volcker como presidente de la Reserva Federal de EE.UU. Y la aplicación de la política monetarista que llevó los tipos de interés hasta el 21%. Fue una depuración social y económica. Ahora viene la segunda ola.

USA SUPREME COURT HEALTHCARE COVID19 MANDATES:Washington (Usa), 07/01/2022.- The United States Supreme Court in Washington, DC, USA, 07 January 2022. The United States Supreme Court held a special session and expedited review of legal challenges to two COVID-19 vaccine mandates of the Biden administration. (Estados Unidos) EFE/EPA/MICHAEL REYNOLDS

Sede del Tribunal Supremo de EE.UU.

MICHAEL REYNOLDS / EFE

Concebidos para embridar la capacidad de los gobiernos de intervenir en la economía y para controlar sus gastos, ahora los libertarianos autoritarios los consideran demasiado intrusivos. En Europa, el modelo se desarrolló a fondo, una especie de constitucionalismo neoliberal que dio un empujón sideral a la financiarización de la economía continental. El euro fue el paradigma. Ahora, algunos quieren aún más.

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Los movimientos de extrema derecha, que cuestionan la globalización y se nutren, intelectual y económicamente, del alimento que les da un sector de las nuevas finanzas, alternativas, no bancarias, como los fondos de capital riesgo o las criptomonedas, ven a esos bancos centrales como un enemigo que batir. Quieren menos regulación, su bestia negra, y el fin de los cambios introducidos tras la crisis financiera del 2008. Más libertad de movimientos y ampliar su radio de acción a todos los ámbitos de la actividad humana. Sin restricciones.

Europa y EE.UU. Son el escenario principal de este combate entre el antiguo orden neoliberal y el emergente del libertarismo financiero. La posible marcha anticipada de Christine Lagarde de la presidencia del BCE, descartada con la boca pequeña por la afectada, sumada a la ya públicamente anunciada de François Villeroy de Galhau del Banco de Francia, son movimientos esenciales de esa defensa del sistema alumbrado entre los años setenta y ochenta del siglo pasado.

El objetivo es impedir que la ultraderecha de Marine Le Pen y Jordan Bardella, en caso de ganar las próximas elecciones presidenciales francesas, tenga en sus manos el nombramiento del nuevo gobernador del banco central francés y una de las contadas llaves útiles para la elección del nuevo presidente del BCE. No es ninguna broma teniendo en cuenta el alto nivel de deuda de Francia, uno de los países centrales de Europa y del euro.

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La prensa francesa y alemana ya hace meses que sigue las discretas conversaciones entre Emmanuel Macron y Friedrich Merz para alcanzar un pacto de reparto de cargos, desde la presidencia del BCE hasta las del Parlamento europeo, el Consejo de Europa o la propia Comisión. Alemania ya ejecutó una maniobra preventiva cuando un Bundestag caducado, reunido cuando ya se habían celebrado las últimas elecciones, aprobó medidas de alto calado político y económico que el nuevo Parlamento ya no habría convalidado, dada la nueva aritmética parlamentaria.

Es una batalla similar a la que se está sosteniendo en EE.UU. Trump también está royendo los cimientos de su banco central, la FED, con ataques a su presidente, Jerome Powell, para espanto de muchos de los grandes operadores clásicos de Wall Street. La evidente diferencia en este caso reside en que el subversivo contra el orden establecido no está en las puertas, se sienta en el despacho oval.

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La sentencia del Supremo derogando los aranceles es un revés político grave para Trump y sus cohortes en el mundo. En la Casa Blanca están calculando cuál debe ser la mejor respuesta. ¿Redoblar la apuesta? Como ya ha dicho Trump abriendo la puerta a reintroducirlos inmediatamente. ¿Un golpe político? Desacatando la orden judicial, una vez más, aunque a una escala muy superior, y encaminarse hacia un peligroso conflicto político y constitucional justo cuando la popularidad de Trump está bajo mínimos. ¿Abatir a un débil enemigo externo? Recurso siempre a mano para despistar al personal inflamando la venta patriótica. Irán está a mano.

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