Cada cierre de un antiguo cine, teatro o sala barcelonesa es una punzada. Un doloroso recordatorio de la transitoriedad de las cosas. Pero si muchas veces el adiós es definitivo y revisitar estos espacios solo es posible desde la memoria, otras solo se trata, afortunadamente, de un simple hasta luego. De hecho, buena parte de los ceses que han afectado a estos refugios culturales en los últimos años han ido seguidos de interesantes reaperturas. Una tendencia que se ha observado sobre todo en la era pospandemia. “Si antes las desapariciones de cines y teatros eran casi diarias, ahora es distinto”, afirma el cómico Toni Cano.
Él y sus socios Sandra Reyes y Carlos Ramos, de la productora Corta el Cable Rojo, revivieron hace un año la histórica Sala Muntaner, que renombraron como teatro. Cano explica que echaban en falta un espacio que no estuviera sujeto a programaciones rígidas. “Apostamos por una casa de la comedia, de la que la ciudad estaba huérfana. Hacían falta risas. Catalunya había pasado por una época un poco dura en lo social y lo político”. Hoy, gozan de una salud de hierro, con un programa extenso y variado que disfrutan espectadores de dentro y fuera de la ciudad. Y, próximamente, establecerán en un local anexo un espacio museístico. “No podríamos estar más felices”.
Apostamos por una casa de la comedia, de la que la ciudad estaba huérfana
Unas semanas después de la vuelta del Muntaner, reabría con imagen renovada y el doble de capacidad la sala Atrium. Antes de rendirse al teatro, este establecimiento albergó una vaquería, una correería y un jardín de infancia. Allí se representa estos días Carn humana, la historia de una pareja, un hijo adoptado y una vida que se tambalea. Hace algo más de tiempo, en el 2016, que la Sala Beckett se trasladó al antiguo edificio de la cooperativa Pau i Justícia, que aún conserva marcas de sus 90 años de rodaje, desde rosetones hasta paredes destartaladas. Un hogar para la dramaturgia contemporánea y la autoría catalana, actualmente representadas por El camino de la sal y Oficina de vida independent.
Si algunas de estas salas hace tiempo que se remodelaron, otras se preparan para salir a escena. Como el teatro Arnau, en el Paral·lel, que abrió dos siglos atrás en un barracón y que una vez edificado albergó un music hall, un teatro, un cine y, de nuevo, un lugar para representaciones teatrales que bajó la persiana entrados los 2000. Tras dos décadas en desuso, el Ayuntamiento ha arrancado su rehabilitación para convertirlo en un espacio con un programa de artes vivas y escénicas, que se inaugurará previsiblemente en el 2027. Su apertura podría coincidir con la del teatro Capitol, enmarcado en la apuesta del Consistorio de convertir la Rambla en eje cultural. El equipamiento –que fue conocido como Can Pistoles por las proyecciones de westerns que acogía y que se convirtió en teatro en 1997– conservará sus dos salas, con aforos de 402 y 198 butacas. Tampoco tardará en reabrir el teatro Principal de la misma vía, donde se desarrollará un proyecto audiovisual y de arte inmersivo, así como el teatro del Raval, que inicia nueva etapa bajo la dirección de Pep Tosar.
El Espai Texas cuenta con dos salas de cine, un teatro y un bar conforman este espacio de Gràcia
El Ayuntamiento acabará la rehabilitación del Teatre Arnau en el 2027
Tras un cierre de más de una década, la música ha vuelto a La Paloma
Si los teatros catalanes viven una época dorada –la pasada temporada consolidaron los 3 millones de espectadores–, a los cines tampoco les va nada mal. “Aquello de que la gente no va a ver películas es totalmente falso”, asegura Joan Teixidor, que se ocupa de la parte cinematográfica del Espai Texas, en Gràcia. Vinculado durante más de un siglo al séptimo arte, este espacio combina dos salas para producciones catalanas y subtituladas en este idioma, un teatro de 200 localidades y un bar donde reinan los bikinis. Isona Passola, Anna Rosa Cisquellas y otros profesionales del sector rescataron en el 2023 estas antiguas salas a raíz de una reivindicación vecinal. Desde entonces, todas las patas de la iniciativa funcionan de fábula, con éxitos como el filme L’àvia i el foraster o la obra El principi d’Arquimedes . “La pandemia y los cierres que la siguieron sacaron a la luz la importancia de la cultura. Regresaron las ganas de compartir a través de ella”, añade.
Esas ganas también las han notado los vecinos cines Verdi, cuyos espectadores crecieron en el 2024 un 30% y que próximamente aumentarán su capacidad tras quedarse con una tienda adyacente. “¡Un cine cierra un supermercado!”, exclamó Adolfo Blanco, consejero delegado de A Contracorriente Films, en la presentación del centenario de las salas. El sonido y la proyección de alta calidad del Phenomena, en el Eixample, reconocida como mejor sala europea en el último festival de Venecia, también le han asegurado un público fiel que tendrá que esperar hasta el 2026 para conocer su nueva imagen; una fidelidad de la que también goza Zumzeig, en Sants, que es un templo para los fans del cine independiente.
Próximamente, los cines Verdi de Gràcia crecerán en capacidad, con dos nuevas salas, después de adquirir un súper vecino
Otros cines han abandonado las películas en favor de novedosas propuestas, como el Ideal, ahora con el apellido Centro de Artes Digitales. Arte y tecnología confluyen en este espacio del Poblenou desde que reabrió hace cinco años. “El reto fue enorme”, recuerda Jordi Sellas, director del proyecto y socio gerente de Layers of Reality. “Nos dijeron que no vendría nadie, que el edificio era viejo y estaba lejos… Pero, al tratarse de una antigua sala de cine, ya poseía aquella energía cultural...”. Hoy, las exposiciones de realidad virtual que allí se estrenan han alcanzado 50 países. Es distinta la situación del céntrico Astoria, que tras regresar en el 2024 como espacio de ocio y hamburguesería de la mano de Deleito, ahora opera como un “burger-club” que celebra eventos privados. O la del Comedia, en paseo de Gràcia con Gran Via, que ha sido teatro, cine y ahora albergará la colección de la baronesa Thyssen.
Y si un cine puede convertirse en un museo, ¿por qué una nave de más de 3.000 m² no podría alojar obras teatrales o exposiciones? Es lo que sucede en el Poblenou, donde un teatro efímero –que acoge la obra de Roc Esquius, Supersàpiens, en formato inmersivo con Enric Cambray y Marta Torné– comparte manzana con el Espacio Inmersa, que acaba de inaugurar una gran muestra sobre el muro de Berlín. Asimismo, ha regresado con un modelo de negocio dividido en varias ramas la antigua sala Hiroshima, que en el 2023 pasó a llamarse Casa Montjuïc. El proyecto presenta un espacio polivalente con teatro y conciertos íntimos, una de música en vivo y el Tiberi Bar.
Luz de Gas afronta una nueva etapa tras un cambio de manos el pasado verano
Al teatro Capitol solían llamarlo Can Pistoles porque proyectaba muchos westerns
El jazz es el eje central del programa de El Molino desde que reabrió un año atrás
Una sala histórica, en este caso vinculada al ocio y el baile, que ha renacido recientemente es Luz de Gas. Cuando reabrió en septiembre, hubo quien protestó por unos nuevos propietarios que buscaban captar a más clientela joven, “pero nunca hemos expulsado a los veteranos”, insiste Cristian Gallardo, uno de los socios. Su oferta va dirigida a un público de entre 28 y 50 años, con tardeos y un programa de conciertos más amplio y diverso. “Acabamos de tener a Antonio Orozco y a Edurne, y queremos apostar por los monólogos”.
También suena otra melodía en El Molino desde hace algo más de un año. En este icono de la bohemia barcelonesa se ha apostado por el jazz, aunque, dejando espacio a canciones de autor, monólogos y música experimental, que se complementan con restauración y coctelería. Emprendió el vuelo algo antes La Paloma, cerrada más de una década. Sus instalaciones, donde suenan boleros, rumba, chachachá y tecno, mantienen la esencia de lo que fue y son testigo de una nueva etapa que se augura larga. Ya querrían los gatos tener tantas vidas como las salas de Barcelona.
